LECTURAS PARA EL BICENTENARIO: FUNDAMENTACION ECONÓMICA DE LA DEMOCRACIA

Posted by admin on enero 18th, 2010


Arturo Orgaz
( El Espíritu Autoritario , Códoba, Imprenta de la Universidad Nacional de Córdoba, junio 1945. Se transcriben los párrafos más significativos)

El porvenir de la democracia, en la que actúan quijotes, sanchos, barberos, curas, bachilleres, amas, sobrinas, magos, gigantes, rnalandrines, follones, dulcineas, galeotes, carneros, molinos de viento y demás figuras de la tragedia humana, se nos impone buscar, para asiento de la fe política, una imagen a la vez armoniosa y dinámica en que se concierten el equilibrio de la justicia, la dignidad de la expresión moral, la legitímidad del derecho y la garantía de la libertad.
Demasiado se sabe, por nefasta experiencia, que una democracia meramente formalista, simplemente jurídica, sustentada en la atomización de una ciudadanía libre, incluso para dominar y para quedar dominada a favor del egoísmo, configura el sarcasmo. Será siempre vana ilusión de apóstoles miopes y eufóricos, querer realizar la democracia económica y cultural con desconocimiento de la economía democrática. Se afirma que el hombre debe ser económicamente libre para realizarse política y culturalmente. Y esto no tiene pizca de materialismo.
Los principios democráticos, alma del sistema, o están sobre el en todo él o no están. Ridículo es hablar de igualdad y de libertad frente a las irritantes traiciones que resplandecen como gemas de odio y de escarnio. Sería lo mismo que si a los paralíticos se les colgara un cartelito, muy artístico, que dijera: “Todos los hombres tienen derecho a moverse” y a los mudos se los declarara los mejores parlanchines del silencio. Porque sería tanto como justificar, santificar, el divorcio de las ideas con los hechos.
No cabe duda: si la democracia corresponde a un tipo de vida social, debe poseer sus propias y ciertas maneras de expresarse en cualquier aspecto de esa vida. Y bien: la verdadera razón de las crisis democráticas está en esta circunstancia que urge superar de manera definitiva: los principios van por la calle de la Verdad pero los hechos andan por la de la Mentira.
A simple vista, encuéntrase la contradicción de las ideas con los hechos en el seno de las democracias. Bella cosa es que no se toleren privilegios de sangre ni de bolsa, afirmándose la teoría de la igualdad y de la idoneidad, pero los privilegios económicos han creado verdaderos hiatos en la continuidad social y forman constante acusación, demasiado elocuente, contra la realidad orgánica de la democracia, Es verdad que no tenemos duques ni principes y que los esclavos son ejemplares de la fauna política extinguida, pero hay plutócratas que poseen tanto si no más poder efectivo que el de los nobles desterrados y existen grandes núcleos en permanente condición servil porque no encuentran oportunidades libres a qué aplicar su esfuerzo en forma compensatoria.
La opulencia realmente fantástica se exhibe frente a frente de la miseria no menos inverosímil y este desnivel por sí solo está proclamando la persistencia de la iniquidad. También existe el privilegio legalizado, so capa de protección industrial. La idea de proteger no despierta repugnancia y cuando se revisten las cosas con el noble manto del “interés nacional”, pasa fácilmente el adefesio. Pero lo que realmente se logra es proteger a una minoría poderosa en desmedro y daño de la inmensa mayoría que, para proteger a aquélla, se desproteje y arruina.
Hace más de medio siglo conocemos el privilegio de la protección que, en último término, consiste en lo siguiente: el pueblo debe pagar a precio de carestía mercancías que, de mejor calidad y costo, podría consumir abundantemente. Ya es un lugar común la injusticia económica y la transgresión democrática que ha tomado carácter de normalidad jurídica, en cuyo favor hasta se hace valer el peregrino argumento de que es “patriótico” el empobrecimiento de millones de consumidores para que se enriquezcan unos cientos de felices privilegiados. Es el caso de aquellos salteadores que fundaron la sociedad de “Los protectores de las artes y las industrias” para dar decoro a sus actividades.

¿Qué decir del privilegio de la renta territorial? Ciertamente, en nuestro inmenso, rico y aun despoblado país, la tierra ha sido factor político de primer orden. Nuestra aristocracia, en general, ha sido oligarquía terrateniente y ha hecho sentir su imperio decisivo en todo tiempo. Demostrar la injusticia, en razón del privilegio que comporta el valor venal de la tierra desnuda, que autoriza la apropiación por un afortunado poseedor de valores no creados por él sino por el incremento social, se juzga por algunos actitud antisocial. Y lo realmente antisocial es precisamente lo otro: que todos trabajen y valoricen las cosas y que de ese valor, fruto colectivo, sólo aproveche alguien que no es la colectividad. Está tan arraigado el principio del despojo, que difícilmente se deja de ver en él un modo archilegítimo de quedarse con lo ajeno.

Allá por fines de 1915 me aventuré a iniciarme como conferenciante sobre temas sociales. Una tarde tórrida de noviembre, en el vestíbulo alto de una importante escuela, expuse mis ideas (“disolventes”, desde luego) sobre el problema de la tierra. Demostré la gravitación primordial en la suerte colectiva, del fenómeno agrario; expliqué las causas del valor económico de la tierra y cómo era posible de hecho e injusto y antisocial que la tierra adquirida por uno se vendiera por ciento, sin que el adquirente hubiera realizado obra alguna; revelé los peligros permanentes, más graves aun en los países jóvenes, del monopolio de la tierra y cómo una democracia verdadera debería realizar este propósito capital: la tierra debe desaparecer como fuente de especulación y convertirse en efectivo, fácil ejido y social elemento de trabajo nacional. Entre el auditorio se encontraba un excelente hombre, heredero de una importante fortuna, que había tenido como única habilidad, la de comprar tierras a vil precio y venderlas, cuando se ofrecía la tierra ocasión, a precio de sepultura. La idea que este hombre poseía de las cosas era simplísima: así como el parral da uvas, la tierra da pesos al que sabe especular; en los dos casos se trataba de frutos naturales Claro está que mi conferencia le sentó como un sinapismo a un llagado, y en lugar de analizar detenidamente, a conciencia democrática y cristiana el caso, salió a desparramar la especie de que yo estaba completamente loco y, agregaba para hacer más verosimil su juicio: “¡qué lástima, tan joven!”. Ignoraba el amable señor que mi locura resultaba contagio de Ricardo y Adán Smith, economistas clásicos, y de George, casi contemporáneo; no menos que de sociólogos como Spencer, de escritores sociales como Tolstoy, de estadistas como Turgot, sin olvidar por cierto a nuestro genial Rivadavia, Y que es preciso repetir lo que enunciara Echeverría en 1837: “El gran pensamiento de la Revolución no se ha realizado todavía. Somos independientes pero no libres o igualmente aquello de “industria que no tienda,a emancipar a las masas y elevarlas a la igualdad, sino a concentrar la riqueza en pocas manos, la abominamos”.

Es sabido que Alberdi profesó análogas convicciones. He ahí el pensamiento liberador y democrático, permanentemente a permanecer imposibilitado por las múltiples formas del privilegio. Y ¿qué decir de una democracia en que el movimiento de la producción se proporciona al interés exclusivo de los industriales, con olvido del vital interés representado por la enorme masa de la población? ¿No se sabe, no se ha documentado la efectiva y anarquizadora acción de los “trusts”, contra la que se ha dictado una ley que jamás los alcanza? ¿No se legalizó cierta forma, de unión antidemocrática con las famosas “juntas”, bajo excusa de entregar el manejo de la producclón a los productores, sin que se asegurara a la economía de la población contra las maniobras especulativas de los precios? En principio, la producción pertenece a los productores; pero cuando se considera que ella tiene un destino social que le asigna un valor cierto y permanente, es inconcebible organizar la industria únicamente desde el punto de vista del capitalista productor que representa el interés lucrativo, con olvido del consumidor que representa el interés social. En ninguna junta tuvo jamás representación la masa consumidora que es todo el pueblo, incluso los productores.

Resulta, si se observa atentamente la realidad económica, una antítesis harto inequitativa: la del respeto máximo para los valores no ganados por quienes los disfrutan, contra la máxima exacción que castiga los valores ganados por el, trabajo. Basta considerar que los valores territoriales son objeto de imposición en “tantos por mil” y, excepcionalmente en uno por ciento, mientras los frutos del trabajo (sueldos, salarios, etc.) soportan enormes gravámenes en forma indirecta y, a veces, en forma directa por la revaluación del oro, por el abuso del crédito público bajo forma más o me disimulada de emisiones; en fin, por el encarecimiento de la vida de que es signo la inflación. Cuando se afirma que un hombre “gana” con su trabajo cierta suma, se dice algo bien diferente que cuando se alude a que el dinero tal interés o la tierra tal renta. La verdad es que, gana socialmente hablando, la ganancia del trabajo entraña compensación de esfuerzo y de concurso solidario, lo que no ocurre en los otros casos. Por algo el préstamo a interés, durante mucho tiempo, fué visto como inmoral y la renta territorial, en todo el mundo y en todo tiempo, ha buscado un justificarse sin lograr que se formule una doctrina medianamente compatible con el sentido social de los valores. Véase un ejemplo relevante: un sujeto, trabajando durante un año logra un salarlo global de dos mil quinientos pesos. Un terrateniente que no trabaja, porque vive de rentas, es decir, del trabajo que otros aplican a la tierra, percibe cuatro veces más. Ahora bien: aquella ganancia del que trabajó un año aparente en apreciable monto, pues se consume inmediatamente por imperio de necesidad perentoria; en tanto que la renta no ganada no está referida a la necesidad del que la disfruta sino a la necesidad de quien la paga para poder por usar de la tierra que trabaja. Una democracia que no advierte y salva tamaña desigualdad, eleva a poder social la ventaja sin beneficio para el común, en proporcional medida que disminuye la garantía para el esfuerzo útil. En vano se proclamará enfáticamente que no existe otro título para el dominio de las cosas y su legítimo aprovechamiento, que el trabajo, mientras los hechos demuestren exactamente lo contrario.

Socialmente hablando, existe un límite para el lucro teóricamente reconocido, trátese de interés del capital que se presta o de los precios de las mercancías o de la renta territorial bajo forma de arrendamientos u otros tipos de retribución al señor de la tierra. Pero como no se ha llegado a crear el justo equilibrio de la necesidad con la libertad, en el hecho resulta, a cada paso, excedido y burlado aquel límite. Y es natural que así ocurra, dentro de una economía que nada tiene de democrática; pues si la necesidad se ve forzada a contratar no siendo libre, ha de encontrarse con la libertad que no padece necesidad y ésta maneja la situación e impone que el sacrificio de la necesidad sea la ganancia de la libertad antisocial. Muy poco se logra con perseguir el préstamo usurario, con gravar la actividad de los prestamistas y con imponer eventuales reduccíones de los arrendamientos. Lo interesante, como conquista de la justicia social, sería que no hubiera porqué someterse a exigencias extorsivas: el usurero como el rentista puro, es decir, el que recoge sin sembrar, son productos de estados sociales, como los hongos son manifestaciones de la humedad. Se los crea y luego se los maldice. Nuestras sociedades se parecen mucho a aquel simpático alcoholista que, atacado de violenta cirrosis, resolvió escribir un apóstrofe contra el abominable hígado.

El reconocimiento de que al tipo democrático de organización social debe corresponder cierto módulo económicomico, no impide mantenerse fervorosaníente como soldado de la espiritualización de la existencia. Opino, como Baldomero Argente: “Es, en efecto, el espíritu quien urde la Historia y crea la Civilización; pero el espíritu condicionado, encauzado, señoreado por el factor económico, cuyas etapas se cumplen por virtud de las leyes inmanentes, hasta el punto de que, reproducidas aquellas etapas económicas, el espíritu recae en las mismas creaciones, descubriendo el nexo irrompible que a unas y otras encadena. A esta luz, el pasado se ordena e ilumina y fosforecen en la oscuridad del futuro lógicas persuasivas, adivinaciones del porvenir”.

Hace ya varias décadas, el profesor Aquiles Loria produjo un libro que atrajo extraordinaria atención y circuló en varios idiomas por el mundo; originariamente se denominó “Teoría Económica de la Constitución Política” y en ediciones últimas,”Las bases económicas de la Constitución Social” que, sin duda, traduce mejor su contenido. ¿Qué se proponía el eminente hombre de estudio? Lo expresa con precisión en el breve prólogo: demostrar “que la codicia, el sórdido y mezquino egoísmo, el espíritu de escuela y de casta, gobiernan nuestra sedicente democracia; ha desenmascarado aquella deidad política que solíamos decorar con los nombres más altisonantes y pomposos; y, levantando el velo que la encubre, ha mostrado que allí donde se creía encontrar a la mística Isis, no hay sino un ávido y despiadado cocodrilo”. Estas palabras no pertenecen al pasado, por desgracia.

La democracia, pues, tiene que comenzar a edificarse desde la ordenación económica: todavía posee sentido aquella divisa que estuvo en el alma de los que en la vieja Italia, en la sombría Rusia de los zares, en la España de los cacicazgos y en la América de las redenciones presuntas, proclamaban: “tierra y libertad”. El árbol de la justicia social debe penetrar sus raíces en la tierra, donde se esconde el. sudor de los labriegos y se hunde la uña del arado. Es la base firme o deleznable del edificio de la solidaridad según el grado de profundidad de ese arraigo.

El único gobernante nuestro de extraordinaria clarividencia en política agraria, fué Rivadavia quien por eso se atrajo el, odio mortal de los señores feudales a que representó brillantemente Rozas. Después del frustrado intento rivadaviano de conservar la tierra para la Nación, la inmensa riqueza territorial del país sirvió para crear un tipo de sociedad en que el privilegio se llamó derecho y en que el derecho a la vida se denominó servidumbre de la gleba. ¿De qué vale cantar al agricultor su proeza magnífica si en el corazón del fruto está la maldición de la tierra esclavizada por el privilegio?

En pocas palabras: para que sea legítimo hablar de democracia, corresponde crear un tipo de economía social en que el hombre sea libre y obtenga justicia y dignidad. Mientras tal no acontezca, se vivirá en la esfera de la ficción con todos los peligros de pensar de una manera y obrar de otra. Es la dualidad más desdichada que puedan padecer los pueblos. El mismo Loria a quien recordaba antes, denuncia esa contradicción fatal: “la sociedad tiene hoy apariencias de vigor y de florecimiento que parecen desafiar toda amenaza; pero, si aproximamos el oído, percibiremos esta apariencia de orgullo y de vida que es roída por la lenta carcoma de la muerte. Un fúlgido manto recubre a la sociedad capitalista; pero si miramos de cerca, veremos que un borde de ese man¬to es negro y que el borde se extiende se extiende hasta que el espléndido paño que envuelve a la sociedad no es más que el fúnebre sudario que debe recubrirla’, He ahí el cuadro de la estupenda brillantez técnico política del mundo envuelto en el sudario de la más horripilante guerra de exterminio.

Hay que dignificar el trabajo, no en discursos pomposos ni en cantos escolares sino, en primer término, haciendo del hombre que trabaja una unidad de justicia y de seguridad para que su propia vida sea una canción de civilidad armoniosa. Para ello, se impone la práctica de una moral fundada en el deber de servicio social, no como maldición totalitaria sino como aprendizaje cordial. Y todos los desarreglos que nos traen las mistificaciones de diverso orden, desaparecerán con los remedios de la auténtica democracia. Todo esto parece divagación de insomnio. Pero cuanto de grande ha concebido la mente humana, cuanto sirve a la vida noblemente realizada lo mismo la bombilla eléctrica que la verdad científica, el agente microbicida que la institución revolucionaria – ha sido en algún momento simple enunciado audaz de un espíritu tocado de aventura. Y volvamos a don Quijote: no confundamos los inofensivos molinos de viento con descomunales gigantes; eso sería locura; pero tampoco tomemos a los gigantes del mal social como a inocentes molinos de viento, porque eso es inexcusable estupidez.

Copia realizada por el ICEPAL (Instituto de Capacitación Económica para América Latina). Se autoriza su reproducción y divulgación citando las fuentes.
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Los errores del Neoliberalismo. Parte 4 Antitesis del Liberalismo.

Posted by admin on enero 18th, 2010


LIBERALISMO Y NEOLIBERALISMO, CONCEPCIONES CONTRARIAS
Raul Girbau, economista
Me parece que se puede contribuir a un mejor entendimiento entre los participantes de este blog si se definen de manera más precisa, las doctrinas “liberal” y “neoliberal”. No se trata de una cuestión semántica sino conceptual.
Rasgo primordial del “liberalismo económico”
Una doctrina, una teoría o una política de gobierno pertenecen a la familia “liberal” en la medida que consideren que en las primeras etapas de la evolución del hombre, la producción de Riqueza fue el resultado de aplicar energía humana (Trabajo) a la naturaleza dada al hombre (Tierra). Esta Riqueza es el stock de “cosas producidas” por los hombres” en forma cooperativa. En principio no existe riqueza alguna que no sea fruto del trabajo aplicado a la naturaleza. Ergo la Riqueza definida como “lo producido” no es trabajo ni tierra. Éstos son los primarios “factores de la producción”. La Riqueza producida puede ser consumida por completo. Si así se procede la carga de producirla cada dia, cada mes, cada año, es perpetua. Tal comunidad apenas sobrepasaría la condición de los animales de presa.
Pero dada la evolución/anímico espiritual del ser humano, en un momento de ella, tal estado fue superado. Nació como idea que no era conveniente consumir todo lo producido. Que resultaba beneficioso ahorrar parte de lo producido para aplicarla, oportunamente, a la producción de más riqueza. De esta manera de modo conciente o intuitivo el hombre dio nacimiento a un nuevo factor de producción , algo antes inexistente en el mundo: el Capital. El mayor auxilio con que pueden contar los trabajadores en la faena de producir.
El “liberalismo” como teoría (y doctrina) económica se distinguió por hacer patente que la Riqueza de una sociedad avanzada depende de la conjunción de 3 factores: Trabajo, Tierra y Capital. De Manera correlativa, considera que por razones de justicia, y mas frecuentemente para asegurar mayor y mejor producción, es conveniente que la Riqueza sea distribuida en 3 partes: el Salario para los trabajadores (incluyendo empresarios) , el Interés para los inversores de Capital (ahorristas) y la tercera, llamada Renta. Esta por tradición y derecho antiguo era para los propietarios de la tierra. Este última realidad fue y es un punto crítico. En el han naufragado la mayoría de los pensadores liberales y con ello se ha desacreditado al liberalismo económico.
El escollo de la “propiedad de la tierra” se les presentó a los economistas como el reto de la Esfinge. Las equivocadas respuestas dadas precipitaron la caída de los “liberalismo”, luego de su rutilante propagación durante el Siglo XIX. Incluso la de los anti-liberales que buscaron la solución en la “colectivización” de la tierra. La falta de una solución a aquel enigma, clara y por todos compartida, fue fatal para el liberalismo. Ante la ineludible cuestión de los “recursos para el gasto público”, que se presenta en toda comunidad que desee contar con un gobierno, la mayoría de los liberales se resignaron a la antigua receta del autoritarismo pre-liberal: que los gobiernos se apropiaran de los frutos de la actividad económica mediante los llamados “impuestos”. Las principales víctimas fueron, sin duda, los que vivían de su trabajo. La miseria en lugar de ser eliminada con el invento, la máquina y el avance científico y tecnológico, creció en la masa de la población. Algunos millones de trabajadores consiguieron, a partir del siglo XVII, rehacer sus vidas emigrando desde sus viejos países a America, tierra recién descubierta. Emigraban a un “nuevo mundo”, uno en el que la tierra era abundante y barata. A la cabeza, los EEUU y la Argentina. No es de extrañar que los trabajadores sin posibilidad de emigrar soñaran con apropiarse del Estado para rehacer, con el poder en la mano, el orden social enfermo. El “fantasma del comunismo” comenzó a sobrevolar toda Europa (C.Marx).
Solo unos pocos entre los liberales supieron señalar rumbos hacia las respuestas correctas con el fin de reconstituir la sociedad inspirándose en los ideales de libertad, igualdad y fraternidad. Entre los norteamericanos se destacó Henry George (1839-1879). Sus teorías y doctrina se propagaron por el mundo entero durante las últimas décadas del siglo XIX. Entre nosotros se lo registra en proyectos como los del presidente Roque Sáenz Peña, del diputado nacional Carlos A. Rodríguez, del maestro Arturo Orgaz, del poeta Arturo Capdevila, entre otros. No es difícil descubrir (por su raíz fisiocrática) que la doctrina de George era la concreción del ideario de Mayo ( Andrés Lamas, La legislación agraria de Bernardino Rivadavia, Buenos Aires, 1915)
Pero el clima político en el mundo se enrareció por completo a fines de ese siglo, para oscurecerse de manera insospechable con la guerra 1914-1918 . Esta guerra abrió las puertas a las concepciones colectivistas y totalitarias. Quizá por influencia de la movilización en los países en la “guerra total” o por ideas místicas ya registradas en la Revolución Francesa, las doctrinas y teorías económicas liberales fueron abandonadas. Los pueblos, en distinto grado, fueron ganados por la idea que el Estado debía asumir la dirección central la economía; o al menos intervenir fuertemente en ella. El liberalismo quedó sepultado bajo los escombros de la gran conflagración. De modo muy fuerte en el periodo posterior a la primera guerra. Acabada la segunda (1939/45) el mundo paso a ser gobernado por principios colectivistas, estatistas e intervencionistas en la actividad económica de los particulares.

Rasgo primordial del neo-liberalismo
A finales del Siglo XIX comenzaron a surgir escuelas llamadas “neoclásicas” o “neoliberales” Ellas comenzaron a emerger como una manera de atajar al avasallante liberalismo. Quizá nunca hubieran tenido significación; pero con el desmoronamiento mundial ocurrido en el siglo XX, y el debilitamiento del ideal y la doctrina liberal, ante un florecimiento de doctrinas colectivistas y estatizantes, el neoliberalismo cobro fuerte impulso como supuesta alternativa al colectivismo. Se hizo efectivo en instituciones académicas y organismos internacionales de crédito durante el proceso de reconstrucción posterior a la 2ª. Guerra mundial.
Equivoca el camino quien cree que el neoliberalismo es un “liberalismo renovado”. No hay tal cosa. Se lo aprecia en el modo de formular en algoritmo el proceso económico. La “escuela neoliberal” abandona la palabra Riqueza usada por los fundadores de la ciencia económica para aludir al producto anual de una sociedad con otro término. Es sustituida por “Producción”. Este parece un insignificante cambio de nombre. Pero es un cambio que sirve para orientar hacia su separación del liberalismo. El neoliberal habla de Producción como si tratara de algo distinto a lo que mencionaban los clásicos con el término Riqueza. Con los neoliberales la teoría económica sufre un fuerte cambio. Mientras la Riqueza, sea lo que esta fuere, era para el liberal (e incluso para los anti-liberales) el resultado de 3 factores, la ahora llamada Producción de los neoliberales resulta de solo 2: Trabajo y Capital. La “cuestión de la tierra” desaparece de esta teoría económica. Es posible que se la cite en algún capitulo de los libros de texto. Pero no forma parte del núcleo de la exposición teórica global. Ni entra en consideración al formular las “políticas económicas” para ordenar la sociedad como un todo.
Que se haya sostenido y prosperado esta errónea posición sin temor a llamar la atención por ser un disparate (pues hasta el menos avisado de los mortales sabe que nada de lo que se come, viste o usa, puede ser creado sin tierra), es un fenómeno muy curioso. Pero de hecho para los neoliberales su formula no es ningún disparate. Y esto puede haber ayudado a explicar su aceptación por la gente en general. Si se acusa al neoliberal de cometer un disparate, lo negará. Y, desde su punto de vista, con razón. Pues para él la Tierra es Capital. En consecuencia no hay razón alguna para acusarlo de haberla omitido como factor de producción. La tierra esta incluida en el concepto Capital. Naturalmente así el concepto se vuelve ambiguo. Toda cosa que sirva a la producción: máquinas, dinero, patentes, aptitud técnica, salud, etc., y por supuesto, la tierra, es considerado, según la ocasión y el fin, Capital.

El factor escamoteado
Esta conceptualización es arte de birlibirloque. La tierra, base de la vida y punto crucial de la actividad económica desaparece de escena. y La ciencia de la economía deja de ser tal. Nadie protesta por ello. Basta leer los periódicos comunes y especializados, los rubros sobre los que se elaboran estadísticas, para ver como el concepto tierra no tiene relevancia alguna. No aparece como principal factor económico de producción. Tal concepción tiene que tener efecto (y lo tiene) a la hora de presentar la fórmula de la distribución de lo producido. El Producto ahora se ha de distribuir entre aquellos 2 factores: Salario para los trabajadores e Interés para los capitalistas. Como la tierra no figura en la teoría, tampoco cabe hablar de su aporte y el destino de lo que le corresponde en concepto de retribución. El mayor valor de la tierra libre de mejoras (su renta) es apropiada por los particulares con arreglo a un derecho de antigua prosapia: el derecho romano.

El neoliberalismo foco de desorden social
Con tales formulas “amputadas” de la Producción y la Distribución se impulsa al imaginario social en una dirección precisa: considerar intelectual y emotivamente a las relaciones económicas entre trabajadores e inversores de capital como inevitablemente conflictivas. Como en los procesos de producción y distribución solo entran “capitalistas” y “trabajadores”, ellos han de disputar frente a frente lo producido, forcejeando ambos por la misma manta. Su nueva tarea es ver como consiguen acumular más fuerza para el combate. Sindicatos de asalariados, junto con corporaciones empresarias, por un lado, y monopolios y oligopolios empresarios por el otro, son naturales consecuencias.
La cuestión se agrava porque el Estado (ahora en papel de gran mediador y suministrador de bálsamos a los heridos en la lucha) debe ser sostenido y alimentado con crecientes “impuestos”. Cosa que – por la nueva situación – todos se apresuran a aprobar porque pese a las apariencias desean y cuentan con un “Estado fuerte” a su favor. , aunque no a cumplir en lo que a cada uno corresponde. Todos estos pólipos gangrenosos de de la vida social aparecen como recursos para los dos únicos actores: capitalistas y trabajadores. Pero el mayor ganancioso es el Estado espectador-activo, pues de la espiral de enfrentamientos sociales obtiene más poder.
No se necesita ser demasiado perspicaz para calcular que a la luz de tal concepción cada uno de los bandos, capitalistas y trabajadores, tratarán de obtener del Estado “leyes jurídicas” a la “carta” sin importarles cuanto se respetan los principios del Derecho. Leyes coactivas que les aseguren en la constante pugna y a costa de la sociedad la mayor porción posible. El privilegio, el monopolio, el oligopolio y la evasión son los instrumentos más apetecidos. El derecho positivo es, inevitablemente, cada vez mas, reflejo de intereses en lucha y del desorden general causado. Cada vez menos es un principio de orden para constituir una sociedad de hombres libres, en pie de igualdad ante la ley, habilitados para cooperar en creciente fraternidad.
¿Y la tierra, ese factor que para los fundadores de la ciencia económica era la clave que mantenía en arco armonioso las relaciones entre el capital y el trabajo? Pues nada; que duerme en paz. Ajeno a las lides políticas y sociales. Lista para ser objeto de la más codiciosa especulación y capaz de servir de base para amasar las más grandes fortunas privadas.
La doctrina neoliberal oculta este principal problema de la economía social y estatal y con ello impide hallarle solución. El camino abierto hace 200 años por el pensamiento liberal ha sido cerrado por los hechos descriptos. Pero sellado herméticamente por la doctrina neoliberal. Esta es la diferencia entre ambas concepciones.
Buenos Aires, noviembre 5 de 2009


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