Mientras se pelean, nos devora la inflación.

Posted by admin on enero 19th, 2010


El festival financiero avanza o retrocede, al compás de los movimientos de la crisis y de las oportunidades de ganancias. En cambio, la inflación sube y sube, sin que el Gobierno le preste mayor atención.

Según todos los analistas, el año pasado terminó en 15 % y la proyección anual del último trimestre ya la sitúa en un piso del 18 %. Más todavía, la inflación se ha instalado comodamente en los dos dígitos: el triple de la que existe en otros países de la región, salvo Venezuela.

A menos que alguien aún valore los arrestos y las presiones de Guillermo Moreno, el Gobierno no ha tenido una verdadera política antiinflacionaria. Ha tenido, eso sí, un índice de precios que desconoce lo que de verdad sucede.

En su informe al Senado de diciembre, el jefe del Banco Central les da la razón a todos quienes miran la realidad y no a las estadísticas del INDEC. Afirma que son cruciales “acciones que señalicen en forma clara y creíble la voluntad de atender el fenómeno inflacionario”. Y que todas las ramas de la economía ­se entiende, otras áreas del Gobierno­ deben trabajar para “estabilizar las alzas futuras de los precios”.

Cuando Martín Redrado elevó ese documento al Senado aún no se había convertido en el enemigo número 1 del kirchnerismo. Y naturalmente, lo hizo después de consultarlo con la Presidenta. Muchos economistas le achacan a Redrado haber hecho escasos esfuerzos para contener el proceso inflacionario que ahora pone de relieve. Jamás cuestionar las estadísticas del INDEC y ser siempre dócil a las prácticas de Néstor Kirchner.

Pero aun así, lo concreto es el riesgo de una espiralización de los precios. Y también que no se advierte una estrategia articulada y enderezada a encarar semejante perspectiva: es una situación compleja, de esas que inevitablemente requieren de soluciones complejas.

Nunca se le escuchó al ministro de Economía hablar de este problema, aunque es obvio que si lo hace le caerá el rayo K. Ya bastantes trastornos le trae todo lo que hoy pasa y él contribuyó a engendrar.

Como bien se sabe, el avance de los precios deteriora el salario real o, en todo caso, empuja la disputa por los ingresos. Es lo que ya se ve en los primeros reclamos gremiales, que andan por el 20 %. Y lo que temen los gobernadores, para cuando se lancen las paritarias docentes.

A menos que le dé crédito a sus propias cifras o en cualquier caso, el Gobierno debería ajustar la asignación por hijo que creó a toda pompa. Eventualmente, también subir el mínimo no imponible, como empiezan a reclamarle para que el Impuesto a las Ganancias no se coma los aumentos de sueldos. Todo eso significa costo fiscal, en un tiempo de cuentas muy apretadas.

Así ni de lejos sea poca cosa, la inflación representaba el único estorbo serio que se advertía en el horizonte económico. Aunque siempre subyacía un alto margen de imprevisibilidad.

Hoy, después de los decretos de necesidad y urgencia, los empresarios preguntan por la suerte del canje de la deuda y sobre la eventualidad de nuevos cimbronazos provocados por el Gobierno. Desde luego, los consultores no saben qué contestarles.

La mayor parte de los analistas proyectaba un crecimiento de la economía del 4 %, 5, o del 6 % los redondamente optimistas. Esto es, nada de tasas chinas, sino un año moderamente bueno. Hoy todos prefieren esperar hasta que aclare.

Se ignora cuál es ahora el número de Kirchner, que en un arranque de audacia hace poco se largó con un 7 %. Seguramente, la cuenta tiene incorporado el Fondo del Bicentenario, si se quiere, el fuerte envión que le pegaría al gasto público el uso de las reservas para pagar deuda externa.

Antes de que se desatara la crisis de los DNU, algunos bancos extranjeros pensaban aumentar su exposición en la Argentina: no demasiado, pero era plata y crédito. Han puesto las iniciativas entre paréntesis. Nadie trabajaba con grandes inversiones, salvo que tuviesen retorno asegurado. O ciertas señales provenientes de despachos oficiales encumbrados. Pero hasta quienes pensaban en arriesgar poca plata han levantado el pie del acelerador.

La inversión, se sabe, es clave en el desenvolvimiento de la economía y en la creación de empleo. Cayó fuerte el año pasado y no hay, ni había, miras de un rebote sustancial en 2010. La certidumbre resulta esencial, pero ese es un bien escaso en un país donde todo puede cambiar de un día para el otro.

Con una buena cosecha de soja y la tracción de China y Brasil, este año todavía luce asegurado un superávit comercial de alrededor de 15.000 millones de dólares. Y salvo que se reavive la fuga de capitales, eso debiera garantizar un período de tranquilidad cambiaria.

A falta de otras políticas, la cotización del dólar será un ancla contra la inflación. No definitoria, pues en 2009 el tipo de cambio subió 10 % y el índice de precios un 15 %.

Enfrascado en la batalla por los DNU que él mismo desató para sostener el gasto público y manejar el Central a su gusto, el Gobierno tampoco repara en que las expectativas juegan en contra de la economía. Y decididamente las expectativas inflacionarias, por más que el INDEC continúe empeñado en contar otra película.
fuente:ieco

LA CAUSA DEL BICENTENARIO

Posted by admin on enero 18th, 2010

Héctor Raúl Sandler – Guillermo A. Sandler
1.-Henry George — El Economista para el Siglo XXI
Empecemos por decir que quien lea Progreso y Miseria, accederá al libro más actual y necesario para afrontar los problemas sociales de su país al comienzo del siglo XXI. Esto es así porque George analiza los fundamentos de un orden económico adecuado a la condición humana. Progreso y Miseria es mucho más que un tratado de economía. Si bien descubre las bases necesarias para una economía correcta, lo hace usando refinados conceptos sobre las relaciones del hombre con Dios, el derecho, la política y el orden social como su habitat.

La economía social es como el cimiento de un edificio. Los cimientos son la parte de la obra que nadie ve ni recuerda, pero de cuya constitución y conservación depende todo el resto de la construcción. La actividad económica no es la más excelsa que los hombres puedan cumplir. Su fin primordial es satisfacer las necesidades materiales del cuerpo. Pero cuando el orden económico falla por la mala constitución de alguno de sus fundamentos, todos los otros órdenes de vida humana – la religión, el arte, la ciencia, el derecho, la política y hasta las costumbres – se degradan. Una cultura sensualista desplaza al espíritu y tanto los individuos como la sociedad se deshumanizan.

¿Como puede decaer la civilización moderna?
Gran parte de los problemas sociales e individuales del mundo actual son atribuidos a los grandiosos cambios ocurridos en apenas cien años. ¿Cómo es posible entonces sostener que una obra escrita en 1879 pueda ser tenida como la más actual y necesaria para afrontar las urgentes reformas que demanda la sociedad humana del siglo XXI? Para comprenderlo es necesario dar un vistazo a la relación que, a partir del siglo XVIII, se ha producido entre lo que algunos hombres piensan sobre la sociedad y la forma en que ella efectivamente se organiza.
No se fuerza demasiado la historia contemporánea si se dice que la concepción de Adam Smith, (Riqueza de las Naciones, 1776), iluminó el quehacer de los gobiernos de Occidente durante el siglo XIX (entendido como el que corre desde 1815 a 1914). Progreso y Miseria vio la luz un siglo después (1879). De no haber mediado la necedad de la clase dirigente que llevó a la primera guerra mundial (1914-1918), debió haber sido la obra inspiradora de pueblos y gobiernos para rectificar las deformaciones del orden social llamado «capitalismo».
La economía de mercado practicada sin leyes que aseguren el acceso igualitario a la tierra para todos los hombres, con vida y por venir, y que dispongan que la renta del suelo es el primer recurso financiero de la economía pública, dio lugar a sociedades capitalistas de variada conformación, pero con rasgos similares. Emergieron monopolios y privilegios, se explotó a los trabajadores, se establecieron oligarquías políticas y, de modo principal, dominó la injusticia social.

Karl Marx (1818-1883) fue contemporáneo de George (1839-1897). Pero su experiencia vital fue europea, no americana. No vivió en una sociedad que fuera visible el alto impacto de las tierras libres en la configuración del orden social. Ni vivió en medio de la obscena especulación con el suelo, como lo viera George. Estas diversas experiencias explicarían sus diferentes diagnósticos sobre la raíz de los problemas sociales y sus distintos remedios.
Desde su perspectiva europea Marx forjó teorías explicativas de los problemas y sugirió remedios para eliminarlos. Su doctrina ejerció fuerte atractivo en intelectuales y la clase trabajadora europea a mediados del siglo XIX. Sin embargo, su influencia había cedido notablemente al filo del centenario. Fue la catástrofe de la guerra de 1914 la que abrió las puertas a la ola de revoluciones sociales que elevaron a primer plano al marxismo y generaron, como reacción, al fascismo y al nazismo. El socialismo marxista se convirtió en el evangelio laico de las revoluciones de la centuria. La violencia como método político se adueñó del escenario europeo y del mundo. En tales condiciones no es extraño que las ideas de Henry George, el filósofo social más leído en las décadas 1880-1910, dejaran de tener vigencia en la política y la academia.

Durante el siglo XX el orden económico social dejó de ser considerado un orden espontáneo. El Estado asumió la tarea de modelar a su capricho la economía, la pública y la social. En grado máximo, bajos los Estados fascistas, nazis y comunistas; pero también en los «capitalistas». Los enfrentamientos beligerantes obraron sus efectos sobre el pensamiento social. En principio, tras la derrota de los países del Eje, quedaron descalificados los modelos fascista y nacional-socialista. Pero terminada la guerra y hasta la década de los 1980, los EEUU y la URSS se enfrentaron en la guerra fría. Esta competencia política presentó ante los ojos de la gente la posibilidad de solo dos opciones de orden económico: el modelo capitalista y el comunista. Varias naciones trataron, y aun tratan, de configurar un «tercer modelo» a través de una «tercera vía». Sin éxito por no considerar las enseñanzas de Henry George.

En los umbrales del siglo XXI, el colapso de la Unión soviética generó la convicción – ciertamente errónea – que el «capitalismo» había acreditado, empíricamente, ser el único modelo posible. Bajo el impulso natural de establecer un orden económico mundial, alentado por el volátil capital financiero, se expandió la ideología denominada neoliberal. Esta política es adoptada por los gobiernos nacionales acuciados por la falta de recursos financieros, aconsejada por académicos de nota y exigida por los organismos internacionales de crédito, como el FMI.

Los efectos del pensamiento neoliberal son iguales a los del capitalismo, porque ambos aconsejan crear un sistema estrafalario. Un sistema en el que las actividades de producción y consumo, a cargo de los particulares, se ordene mediante mercados en libre concurrencia. Pero al mismo tiempo se tolera que algunos pocos puedan ser dueños de ilimitadas extensiones de tierra, con el agravante que ese derecho de propiedad incluye la facultad de adueñarse del creciente valor del suelo. Este premio a los dueños de la tierra tienen que pagarlo todos aquellos que trabajan e invierten capital. Por otra parte, al permitir la ley esta apropiación privada del crédito público (no otra cosa es el valor de la tierra), los gobiernos, carecen de recursos financieros legítimos. En consecuencia dictan leyes ilegítimas para cobrar impuestos. Estas leyes son inmorales porque confiscan (hacen público) lo que es propiedad exclusiva de los particulares: el fruto del trabajo y la inversión. Por lo tanto, los gobiernos en lugar de ser la solución pasan a ser parte del problema. Sosteniendo ese sistema achican el mercado interno, destruyen la actividad empresaria, endeudan al Estado hasta llevarlo a la bancarrota y dejan al país en la miseria o en la guerra civil.

Por causa de este inmoral sistema, millones de hombres deambulan en su respectiva patria en busca de «fuentes de trabajo», mientras gran parte de la única fuente de riqueza – su tierra – permanece apartada del proceso de producción. Otros millones, año tras año, emigran a naciones extranjeras. En algunos países latinoamericanos millones de familias forman la legión de «los sin tierra» (mientras su territorio está despoblado). Y en las más fastuosas ciudades, homeless (personas sin hogar) y niños sin familia, merodean por las calles, envidiando a los que al menos tienen un lugar en villas miseria, favelas o ciudades perdidas. Ante este panorama social contemporáneo y la supuesta falta de solución alternativa, conocer el pensamiento de Henry George, constituye el primer deber moral de toda persona bien intencionada.

Leer a Henry George es un deber de todo ciudadano que ame la democracia. Hay que rechazar categóricamente que la cuestión económica sea competencia de economistas, juristas o políticos. En primer lugar, porque la enseñanza oficial del derecho, la economía y demás ciencias sociales, ha sido organizada para sostener el actual sistema. Los graduados en las escuela de derecho, economía y ciencias políticas, sin conciencia clara de ello, procuran educarse para trabajar como «técnicos» del sistema imperante. Se requiere un esfuerzo espiritual para salir de esa servidumbre intelectual. Leer a Henry George, es el mejor tónico espiritual para quien desee encontrar fines más nobles a su profesión de jurista, economista o político.

Pero en segundo y principal lugar, Henry George escribió para ser entendido. Le repugnaba la oscuridad intelectual, con la cual muchos pasan por sabios. Para formar una buena sociedad es esencial que el individuo más simple conozca los fundamentos que exige una economía para que pueda vivir con holgura de su trabajo. Así como la democracia sería imposible si los ciudadanos ignoraran sus derechos y responsabilidades, del mismo modo una economía social de hombres libres, dispuestos a trabajar cooperativamente, animados por una justa distribución de la riqueza, es imposible si los ciudadanos ignoran los fundamentos de las leyes que deben construir ese singular orden económico. Henry George, con su lenguaje preciso, científico y absolutamente claro, pone ese conocimiento al alcance de cualquier ser humano, con tal que sepa leer. George es el pensador que necesitan conocer los que luchan por la democracia, la justicia social y la vigencia de los derechos humanos, no en el papel, sino en la vida diaria. El siglo XX, sobresalió por sus guerras, persecuciones y masacres. Esto ha sido muy doloroso. Sin embargo debe ser visto ahora, en retrospectiva, como una valiosa enseñanza sobre cosas que los hombres no deben hacer. Esta experiencia presenta la gran cuestión: ¿Cuáles deben ser los fundamentos de una economía para que sea base material de la libertad, la igualdad, la solidaridad, la democracia, los derechos humanos y la fraternidad universal? No es esta cuestión de técnicos. Es un asunto que involucra a cada hombre por entero y a todos los hombres en conjunto. Leer Progreso y Miseria es el modo de comenzar a saber cómo construir un mundo más noble. Para lograr un conocimiento sobre las bases materiales y morales de la sociedad, equivalente al alcanzado por la ciencia sobre la realidad natural. Así, por muchas razones y la fuerza de los acontecimientos, después de un largo camino, Henry George emerge hoy como el indispensable pensador que necesitan los jóvenes que forjarán la sociedad del siglo XXI.

II. LO CONCRETO A LA LUZ DE LA DOCTRINA DE GEORGE

Trataremos de ejemplificar el acierto de la teoría de George con un simple ejemplo extraido de la vida real actual (2009), que por su sencillez ( y reiteración) para comprenderlo no se necesita ser académico Basta con reflexionar como ser humano, eso sí, libre de ideologías y preconceptos.

Un habitual caso real en la Argentina

1. En el Barrio de Belgrano en la Av. Cabildo a pocos metros casi esquina Av. Lacroze hay un inmueble al que denominamos “E”. Se compone de un edificio (Local PB y primer piso), antigüedad 80 años (según contabilidad oficial amortizado a los 50 años y con un valor residual 0). Está construido sobre un terreno de una superficie de 412 m2. Según Boleta AByL para el año 2010 ha de pagar $2.200, Valor fiscal del terreno fijado en 103.000 pesos (aprox. 27.000 dólares) y el valor fiscal del edificio 70.000 pesos. Valor total 170.000 pesos.
2. Valor real del terreno según estimación del inquilino. 2.000.000 de dólares. Precio libre de mercado y que posiblemente se puede chequear en cualquier inmobiliaria de la zona sin necesidad de recurrir a “expertos micro economistas”. (Cada lector puede hacer su propia constatación con algun caso semejante de su barrio)

Examen del Caso “E

1. En el caso del inmueble “E” el valor real del terreno de 2.000.000 de dólares es efecto de la demanda del mercado. Quienes conforman la demanda en la ciudad, computan mucho menos la calidad intrínseca del terreno que las “mejoras sociales” que el terreno porta sin acción alguna del dueño. Tales son: su ubicación, la densidad demográfica de la zona y los servicios básicos que lo sirven, el prestigio social que genera a su ocupante , etc. Estas especiales mejoras son distintas de las “construcciones” hechas por el ocupante del terreno y han de ser consideradas como un capital; pero como “capital social” , pues es efecto de un complejo trabajo de la sociedad. Como todo capital origina un fruto , un beneficio para su titular. En el caso del capital social el titular es la “sociedad” y el especial interés que rinde se lo denomina “renta del suelo”. Esta, según George, es la “renta económica” que el ocupante del predio debe pagar anualmente al legítimo dueño del “capital social”. Esto es a la sociedad.
2. Cuando, como en el subsuelo o el campo se tiene mucho menos en cuenta los aportes de la sociedad a que las “propiedades intrínsecas” del terreno, se lo llama “regalía”. Es el típico canon a pagar en la explotación minera. Pero no solo en minería. Por ejemplo también se lo ha de pagar por el aprovechamiento de las ondas electromagnéticas: el pago de una “licencia”. En todos los casos el titular es la sociedad en cuanto ejerce su “soberanía” (mediante el Estado, provincia y municipio) sobre cierto espacio o recurso natural.
3. Distinto al “capital social” es el “capital particular”. Este es lo edificado, construido o plantado sobre su terreno por los particulares . Tres cosas distinguen a este “capital particular” conocido también como “mejoras”. Primero: no es efecto del trabajo social, sino obra de determinadas personas o grupos particulares. Segundo, las inversiones de los particulares tienden a desmejorarse con el tiempo por muy diferentes causas ( uso, innovaciones técnicas, perdida de sentido, etc.). A tal punto se desmejoran que, de acuerdo a cada caso, cumplida una cantidad de años disminuye su valor al punto de no “valer nada”. Cumplido ese tiempo ese capital particular se dice que está “amortizado”. Su valor residual es mínimo o ninguno. Tercero, muy por el contrario el “capital social” se incrementa sin cesar. ¿Las causas? Crecimiento vegetativo e inmigratorio de la población, aumento constante de la demanda de bienes materiales y, lógicamente, mayor demanda de recursos naturales.
4. En el caso del inmueble “E” un canon del 2% anual sobre el valor de mercado del terreno (2.000.000 x 2/100) la renta económica del suelo anual sería de 40.000 dólares, los que ingresarían al fisco a disposición del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. El ocupante del terreno no puede eludir ni evadir, ya que su valor es “público”, informado a todos por el mercado. Aparece como dato resultante de la oferta y demanda de terrenos de la zona. Cualquier inmobiliaria lo conoce al detalle. Es un dato objetivo , pues su fuente es el mercado y no las subjetivas declaraciones juradas impositivas. (Conviene informar que hay ciudades americanas cuyo canon a favor del fisco llega al 5% anual).
5. En nuestra sociedad , por obra del derecho vigente, a esa renta económica del suelo, que reiteramos es de la sociedad, se reparte entre el dueño del terreno y el inquilino. (En consecuencia, los gobiernos recurren a los “impuestos” para hacer de fondos, con lo cual absurdamente castigan la producción y el consumo).
6. Un inevitable efecto que se produce cuando la sociedad cobra el canon sobre el valor real del terreno ( inciso 4) : se obliga a su ocupante a hacer una asignación eficiente de la tierra que ocupa. Es “castigado” quien retiene tierras baldías que otros necesitan en grado de primaria necesidad.
7. Se impone una obligación propter rem a cargo del ocupante ( estas son obligaciones que nacen por tener la “cosa” en su poder). Se obliga al ocupante a hacer una “inversión económica racional”. Por ejemplo en el Caso “E”, construir un edificio de tal magnitud y utilidad general que mediante su explotación pueda afrontar el pago de la renta económica del suelo a la Ciudad, que en este caso sería de 40.000 dólares anuales. Se produce un doble efecto: por un lado, el acicate para que el ocupante ponga la tierra a producir, por si o por otros; por el otro lado, se produce un constante incremento de la hacienda del Gobierno de la Ciudad. (En el Caso E, se pasa de un ingreso anual de $ 2.200 ( 70 dólares) a otro de 40.000 dólares, sin aumentar impuestos. Atención: este crecimiento es constante. Aumenta en relación al aumento de la población y la mayor actividad económica).
8. Sin embargo el enorme crecimiento del “tesoro publico” no sería lo más importante. Lo decisivo seria la fuerte demanda de trabajo y de materiales , el correspondiente aumento de salarios para los operarios , de beneficios para las empresas proveedoras y la drástica reducción de la desocupación (sin necesidad de ayudas o dádivas por parte de un Estado exhausto). Esto se llama “reactivación económica para beneficio de todos con justicia social”
9. Pero hay mucho más igualmente decisivo. La habilitación de edificios nuevos en sustitución de los viejos produce una baja en los alquileres. Los propietarios de edificios solo cobran la retribución al capital invertido en la construcción. La renta económica del suelo es pagada al gobierno y no es transmisible a los inquilinos.
10. El Gobierno de la Ciudad dispondría de recursos reales (no afectados por la inflación actual , reductora de los recursos financieros la Ciudad y generador de más renta económica para el propietario). Los beneficios sociales serían enormes y para todos. Escuelas, líneas subterráneas, hospitales y equipamiento, poda de árboles, alcantarillado, reparación de calles, para todos y no para los “barrios exclusivos”. Progresiva eliminación de los tugurios y villas miserias. Hasta su total desaparición.
11. El Gobierno de la Ciudad ya no debería mendigar recursos al Gobierno Nacional ni endeudarse con organismos nacionales y extranjeros, pagando intereses. Los fondos públicos los suministra la colectividad toda. (Para darse una idea cabal del cambio el lector y el gobierno debieran imaginarse que la situación sería “como si” se procediera a alquilar a razón de un 2% la mitad de la superficie de la ciudad: unos 100 km2. Esta , en 1999 fue tasada mediante un serio estudio en alrededor de 110.000 millones de dólares).
12. El postre: si la Ciudad de Buenos Aires cobrara este canon , de modo simultáneo debe derogar los impuestos a los actos y al patrimonio local ( ingresos brutos, sellos, patentes, etc). Todos gravan fuertemente el trabajo y al verdadero capital.

*

SEPA EL PUEBLO DE LO QUE SE TRATA
Estas son algunas conclusiones que resultan del análisis social del economista Henry George aplicado a nuestra sociedad. Ellas son plenamente aplicables y absolutamente necesarias para la Argentina del siglo XXI.
Henry George analizó el tema como nadie.- Pero no fue no el único. Economistas como Wicksell, von Thunen, Walras, Joaquin Costa, Florez Estrada , Foldvary, Mason Gaffney, lo hicieron en el extranjero. En nuestro país publicistas como Belgrano, Rivadavia, Echeverría, Andrés Lamas , Roque Saénz Peña, Silvio Gesell, Carlos Rodríguez , Arturo Orgaz, Arturo Sabattini , Carlos P. Carranza, Antonio Manuel Molinari, entre otros, Todos participaron de la misma idea central: la sociedad debe cobrar la renta del suelo y eliminar los gravosos impuestos que asfixian a nuestra economía. Esta idea, con variantes, fue llevada a la práctica en Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Singapur, Hong Kong, Dinamarca e incluso en varios estados de los Estados Unidos.

Sin embargo el tema es prácticamente ignorado por nuestra clase dirigente, de derecha a izquierda, y en los ámbitos académicos donde se enseña el Derecho, la Sociología, la Ciencia Política y la Ciencia Económica. Se lo hace sin considerar debidamente la cuestión básica del orden social: el acceso a la tierra y el destino de la renta del suelo. La enseñanza superior está fuertemente influida por el dogmatismo jurídico en Derecho y por la Escuela Neoclásica en Economía. El primero es el estudio pormenorizado de la “ley dictada”, con ignorancia de la realidad a la que debe servir y del contenido de la ley que conviene dictar. La escuela neo-clásica –intencionadamente o no- registra como únicos factores de la producción al trabajo y el capital. El factor tierra y su renta han desparecido. Por este escamoteo de la tierra – don de Dios por nadie producida – ella pasa a figurar como capital. Así se formula un modelo opaco con graves consecuencias sociales. Esa escuela es incapaz de, prevenir y mitigar las crisis recurrentes ocurridas cada 10/20 años en el mundo y cada 5/10 años en nuestro país. SE limita a prestar atención al aspecto financiero, esto es, a la superficie ignorando los efectos que en todo el orden social produce la apropiación en manos privadas del incremento de la renta económica del suelo .

A estas son conclusiones puede llegar cualquier ciudadano común, sin necesidad de títulos académicos ni doctorales. La síntesis del pensamiento de Henry George expuesto al comienzo y el ejemplo transcripto a continuación le explican el fenómeno mejor que una carrera universitaria completa. La distorsión que produce el derecho vigente debe ser comprendido por todos los ciudadanos, para que la democracia económica sea el fruto de la democracia política.

La Argentina detenta su soberanía sobre una de las más vastas superficies del globo: 2.791.810 km2. Pero esto no quiere decir que todos los ciudadanos tengan acceso fácil a ese territorio. Lo que ahora necesitamos es que los habitantes de carne y hueso puedan aprovechar ese territorio para vivir y trabajar. Al no hacerlo, instintiva y bárbaramente, nacen “villas miserias”, “conventillos” , “ciudades perdidas” , usurpaciones y los escandalosos bolsones de pobreza.

Necesitamos construir entre todos una poderosa y desarrollada sociedad civil. Esto solo se podrá lograr si aquella “soberanía” se traduce en los hechos en un igual derecho de acceso a la tierra para todos , para cada uno de nosotros, para nuestros hijos y para “todos los hombres que quieran habitar el suelo argentino”.

Esta es en el 2010 la gran causa del Bicentenario.
Quiera el pueblo conocer y concretar la base necesaria para gozar de todos los derechos que promete la Constitución Nacional.
Buenos Aires, Diciembre 31 de 2009

LECTURAS PARA EL BICENTENARIO: FUNDAMENTACION ECONÓMICA DE LA DEMOCRACIA

Posted by admin on enero 18th, 2010


Arturo Orgaz
( El Espíritu Autoritario , Códoba, Imprenta de la Universidad Nacional de Córdoba, junio 1945. Se transcriben los párrafos más significativos)

El porvenir de la democracia, en la que actúan quijotes, sanchos, barberos, curas, bachilleres, amas, sobrinas, magos, gigantes, rnalandrines, follones, dulcineas, galeotes, carneros, molinos de viento y demás figuras de la tragedia humana, se nos impone buscar, para asiento de la fe política, una imagen a la vez armoniosa y dinámica en que se concierten el equilibrio de la justicia, la dignidad de la expresión moral, la legitímidad del derecho y la garantía de la libertad.
Demasiado se sabe, por nefasta experiencia, que una democracia meramente formalista, simplemente jurídica, sustentada en la atomización de una ciudadanía libre, incluso para dominar y para quedar dominada a favor del egoísmo, configura el sarcasmo. Será siempre vana ilusión de apóstoles miopes y eufóricos, querer realizar la democracia económica y cultural con desconocimiento de la economía democrática. Se afirma que el hombre debe ser económicamente libre para realizarse política y culturalmente. Y esto no tiene pizca de materialismo.
Los principios democráticos, alma del sistema, o están sobre el en todo él o no están. Ridículo es hablar de igualdad y de libertad frente a las irritantes traiciones que resplandecen como gemas de odio y de escarnio. Sería lo mismo que si a los paralíticos se les colgara un cartelito, muy artístico, que dijera: “Todos los hombres tienen derecho a moverse” y a los mudos se los declarara los mejores parlanchines del silencio. Porque sería tanto como justificar, santificar, el divorcio de las ideas con los hechos.
No cabe duda: si la democracia corresponde a un tipo de vida social, debe poseer sus propias y ciertas maneras de expresarse en cualquier aspecto de esa vida. Y bien: la verdadera razón de las crisis democráticas está en esta circunstancia que urge superar de manera definitiva: los principios van por la calle de la Verdad pero los hechos andan por la de la Mentira.
A simple vista, encuéntrase la contradicción de las ideas con los hechos en el seno de las democracias. Bella cosa es que no se toleren privilegios de sangre ni de bolsa, afirmándose la teoría de la igualdad y de la idoneidad, pero los privilegios económicos han creado verdaderos hiatos en la continuidad social y forman constante acusación, demasiado elocuente, contra la realidad orgánica de la democracia, Es verdad que no tenemos duques ni principes y que los esclavos son ejemplares de la fauna política extinguida, pero hay plutócratas que poseen tanto si no más poder efectivo que el de los nobles desterrados y existen grandes núcleos en permanente condición servil porque no encuentran oportunidades libres a qué aplicar su esfuerzo en forma compensatoria.
La opulencia realmente fantástica se exhibe frente a frente de la miseria no menos inverosímil y este desnivel por sí solo está proclamando la persistencia de la iniquidad. También existe el privilegio legalizado, so capa de protección industrial. La idea de proteger no despierta repugnancia y cuando se revisten las cosas con el noble manto del “interés nacional”, pasa fácilmente el adefesio. Pero lo que realmente se logra es proteger a una minoría poderosa en desmedro y daño de la inmensa mayoría que, para proteger a aquélla, se desproteje y arruina.
Hace más de medio siglo conocemos el privilegio de la protección que, en último término, consiste en lo siguiente: el pueblo debe pagar a precio de carestía mercancías que, de mejor calidad y costo, podría consumir abundantemente. Ya es un lugar común la injusticia económica y la transgresión democrática que ha tomado carácter de normalidad jurídica, en cuyo favor hasta se hace valer el peregrino argumento de que es “patriótico” el empobrecimiento de millones de consumidores para que se enriquezcan unos cientos de felices privilegiados. Es el caso de aquellos salteadores que fundaron la sociedad de “Los protectores de las artes y las industrias” para dar decoro a sus actividades.

¿Qué decir del privilegio de la renta territorial? Ciertamente, en nuestro inmenso, rico y aun despoblado país, la tierra ha sido factor político de primer orden. Nuestra aristocracia, en general, ha sido oligarquía terrateniente y ha hecho sentir su imperio decisivo en todo tiempo. Demostrar la injusticia, en razón del privilegio que comporta el valor venal de la tierra desnuda, que autoriza la apropiación por un afortunado poseedor de valores no creados por él sino por el incremento social, se juzga por algunos actitud antisocial. Y lo realmente antisocial es precisamente lo otro: que todos trabajen y valoricen las cosas y que de ese valor, fruto colectivo, sólo aproveche alguien que no es la colectividad. Está tan arraigado el principio del despojo, que difícilmente se deja de ver en él un modo archilegítimo de quedarse con lo ajeno.

Allá por fines de 1915 me aventuré a iniciarme como conferenciante sobre temas sociales. Una tarde tórrida de noviembre, en el vestíbulo alto de una importante escuela, expuse mis ideas (“disolventes”, desde luego) sobre el problema de la tierra. Demostré la gravitación primordial en la suerte colectiva, del fenómeno agrario; expliqué las causas del valor económico de la tierra y cómo era posible de hecho e injusto y antisocial que la tierra adquirida por uno se vendiera por ciento, sin que el adquirente hubiera realizado obra alguna; revelé los peligros permanentes, más graves aun en los países jóvenes, del monopolio de la tierra y cómo una democracia verdadera debería realizar este propósito capital: la tierra debe desaparecer como fuente de especulación y convertirse en efectivo, fácil ejido y social elemento de trabajo nacional. Entre el auditorio se encontraba un excelente hombre, heredero de una importante fortuna, que había tenido como única habilidad, la de comprar tierras a vil precio y venderlas, cuando se ofrecía la tierra ocasión, a precio de sepultura. La idea que este hombre poseía de las cosas era simplísima: así como el parral da uvas, la tierra da pesos al que sabe especular; en los dos casos se trataba de frutos naturales Claro está que mi conferencia le sentó como un sinapismo a un llagado, y en lugar de analizar detenidamente, a conciencia democrática y cristiana el caso, salió a desparramar la especie de que yo estaba completamente loco y, agregaba para hacer más verosimil su juicio: “¡qué lástima, tan joven!”. Ignoraba el amable señor que mi locura resultaba contagio de Ricardo y Adán Smith, economistas clásicos, y de George, casi contemporáneo; no menos que de sociólogos como Spencer, de escritores sociales como Tolstoy, de estadistas como Turgot, sin olvidar por cierto a nuestro genial Rivadavia, Y que es preciso repetir lo que enunciara Echeverría en 1837: “El gran pensamiento de la Revolución no se ha realizado todavía. Somos independientes pero no libres o igualmente aquello de “industria que no tienda,a emancipar a las masas y elevarlas a la igualdad, sino a concentrar la riqueza en pocas manos, la abominamos”.

Es sabido que Alberdi profesó análogas convicciones. He ahí el pensamiento liberador y democrático, permanentemente a permanecer imposibilitado por las múltiples formas del privilegio. Y ¿qué decir de una democracia en que el movimiento de la producción se proporciona al interés exclusivo de los industriales, con olvido del vital interés representado por la enorme masa de la población? ¿No se sabe, no se ha documentado la efectiva y anarquizadora acción de los “trusts”, contra la que se ha dictado una ley que jamás los alcanza? ¿No se legalizó cierta forma, de unión antidemocrática con las famosas “juntas”, bajo excusa de entregar el manejo de la producclón a los productores, sin que se asegurara a la economía de la población contra las maniobras especulativas de los precios? En principio, la producción pertenece a los productores; pero cuando se considera que ella tiene un destino social que le asigna un valor cierto y permanente, es inconcebible organizar la industria únicamente desde el punto de vista del capitalista productor que representa el interés lucrativo, con olvido del consumidor que representa el interés social. En ninguna junta tuvo jamás representación la masa consumidora que es todo el pueblo, incluso los productores.

Resulta, si se observa atentamente la realidad económica, una antítesis harto inequitativa: la del respeto máximo para los valores no ganados por quienes los disfrutan, contra la máxima exacción que castiga los valores ganados por el, trabajo. Basta considerar que los valores territoriales son objeto de imposición en “tantos por mil” y, excepcionalmente en uno por ciento, mientras los frutos del trabajo (sueldos, salarios, etc.) soportan enormes gravámenes en forma indirecta y, a veces, en forma directa por la revaluación del oro, por el abuso del crédito público bajo forma más o me disimulada de emisiones; en fin, por el encarecimiento de la vida de que es signo la inflación. Cuando se afirma que un hombre “gana” con su trabajo cierta suma, se dice algo bien diferente que cuando se alude a que el dinero tal interés o la tierra tal renta. La verdad es que, gana socialmente hablando, la ganancia del trabajo entraña compensación de esfuerzo y de concurso solidario, lo que no ocurre en los otros casos. Por algo el préstamo a interés, durante mucho tiempo, fué visto como inmoral y la renta territorial, en todo el mundo y en todo tiempo, ha buscado un justificarse sin lograr que se formule una doctrina medianamente compatible con el sentido social de los valores. Véase un ejemplo relevante: un sujeto, trabajando durante un año logra un salarlo global de dos mil quinientos pesos. Un terrateniente que no trabaja, porque vive de rentas, es decir, del trabajo que otros aplican a la tierra, percibe cuatro veces más. Ahora bien: aquella ganancia del que trabajó un año aparente en apreciable monto, pues se consume inmediatamente por imperio de necesidad perentoria; en tanto que la renta no ganada no está referida a la necesidad del que la disfruta sino a la necesidad de quien la paga para poder por usar de la tierra que trabaja. Una democracia que no advierte y salva tamaña desigualdad, eleva a poder social la ventaja sin beneficio para el común, en proporcional medida que disminuye la garantía para el esfuerzo útil. En vano se proclamará enfáticamente que no existe otro título para el dominio de las cosas y su legítimo aprovechamiento, que el trabajo, mientras los hechos demuestren exactamente lo contrario.

Socialmente hablando, existe un límite para el lucro teóricamente reconocido, trátese de interés del capital que se presta o de los precios de las mercancías o de la renta territorial bajo forma de arrendamientos u otros tipos de retribución al señor de la tierra. Pero como no se ha llegado a crear el justo equilibrio de la necesidad con la libertad, en el hecho resulta, a cada paso, excedido y burlado aquel límite. Y es natural que así ocurra, dentro de una economía que nada tiene de democrática; pues si la necesidad se ve forzada a contratar no siendo libre, ha de encontrarse con la libertad que no padece necesidad y ésta maneja la situación e impone que el sacrificio de la necesidad sea la ganancia de la libertad antisocial. Muy poco se logra con perseguir el préstamo usurario, con gravar la actividad de los prestamistas y con imponer eventuales reduccíones de los arrendamientos. Lo interesante, como conquista de la justicia social, sería que no hubiera porqué someterse a exigencias extorsivas: el usurero como el rentista puro, es decir, el que recoge sin sembrar, son productos de estados sociales, como los hongos son manifestaciones de la humedad. Se los crea y luego se los maldice. Nuestras sociedades se parecen mucho a aquel simpático alcoholista que, atacado de violenta cirrosis, resolvió escribir un apóstrofe contra el abominable hígado.

El reconocimiento de que al tipo democrático de organización social debe corresponder cierto módulo económicomico, no impide mantenerse fervorosaníente como soldado de la espiritualización de la existencia. Opino, como Baldomero Argente: “Es, en efecto, el espíritu quien urde la Historia y crea la Civilización; pero el espíritu condicionado, encauzado, señoreado por el factor económico, cuyas etapas se cumplen por virtud de las leyes inmanentes, hasta el punto de que, reproducidas aquellas etapas económicas, el espíritu recae en las mismas creaciones, descubriendo el nexo irrompible que a unas y otras encadena. A esta luz, el pasado se ordena e ilumina y fosforecen en la oscuridad del futuro lógicas persuasivas, adivinaciones del porvenir”.

Hace ya varias décadas, el profesor Aquiles Loria produjo un libro que atrajo extraordinaria atención y circuló en varios idiomas por el mundo; originariamente se denominó “Teoría Económica de la Constitución Política” y en ediciones últimas,”Las bases económicas de la Constitución Social” que, sin duda, traduce mejor su contenido. ¿Qué se proponía el eminente hombre de estudio? Lo expresa con precisión en el breve prólogo: demostrar “que la codicia, el sórdido y mezquino egoísmo, el espíritu de escuela y de casta, gobiernan nuestra sedicente democracia; ha desenmascarado aquella deidad política que solíamos decorar con los nombres más altisonantes y pomposos; y, levantando el velo que la encubre, ha mostrado que allí donde se creía encontrar a la mística Isis, no hay sino un ávido y despiadado cocodrilo”. Estas palabras no pertenecen al pasado, por desgracia.

La democracia, pues, tiene que comenzar a edificarse desde la ordenación económica: todavía posee sentido aquella divisa que estuvo en el alma de los que en la vieja Italia, en la sombría Rusia de los zares, en la España de los cacicazgos y en la América de las redenciones presuntas, proclamaban: “tierra y libertad”. El árbol de la justicia social debe penetrar sus raíces en la tierra, donde se esconde el. sudor de los labriegos y se hunde la uña del arado. Es la base firme o deleznable del edificio de la solidaridad según el grado de profundidad de ese arraigo.

El único gobernante nuestro de extraordinaria clarividencia en política agraria, fué Rivadavia quien por eso se atrajo el, odio mortal de los señores feudales a que representó brillantemente Rozas. Después del frustrado intento rivadaviano de conservar la tierra para la Nación, la inmensa riqueza territorial del país sirvió para crear un tipo de sociedad en que el privilegio se llamó derecho y en que el derecho a la vida se denominó servidumbre de la gleba. ¿De qué vale cantar al agricultor su proeza magnífica si en el corazón del fruto está la maldición de la tierra esclavizada por el privilegio?

En pocas palabras: para que sea legítimo hablar de democracia, corresponde crear un tipo de economía social en que el hombre sea libre y obtenga justicia y dignidad. Mientras tal no acontezca, se vivirá en la esfera de la ficción con todos los peligros de pensar de una manera y obrar de otra. Es la dualidad más desdichada que puedan padecer los pueblos. El mismo Loria a quien recordaba antes, denuncia esa contradicción fatal: “la sociedad tiene hoy apariencias de vigor y de florecimiento que parecen desafiar toda amenaza; pero, si aproximamos el oído, percibiremos esta apariencia de orgullo y de vida que es roída por la lenta carcoma de la muerte. Un fúlgido manto recubre a la sociedad capitalista; pero si miramos de cerca, veremos que un borde de ese man¬to es negro y que el borde se extiende se extiende hasta que el espléndido paño que envuelve a la sociedad no es más que el fúnebre sudario que debe recubrirla’, He ahí el cuadro de la estupenda brillantez técnico política del mundo envuelto en el sudario de la más horripilante guerra de exterminio.

Hay que dignificar el trabajo, no en discursos pomposos ni en cantos escolares sino, en primer término, haciendo del hombre que trabaja una unidad de justicia y de seguridad para que su propia vida sea una canción de civilidad armoniosa. Para ello, se impone la práctica de una moral fundada en el deber de servicio social, no como maldición totalitaria sino como aprendizaje cordial. Y todos los desarreglos que nos traen las mistificaciones de diverso orden, desaparecerán con los remedios de la auténtica democracia. Todo esto parece divagación de insomnio. Pero cuanto de grande ha concebido la mente humana, cuanto sirve a la vida noblemente realizada lo mismo la bombilla eléctrica que la verdad científica, el agente microbicida que la institución revolucionaria – ha sido en algún momento simple enunciado audaz de un espíritu tocado de aventura. Y volvamos a don Quijote: no confundamos los inofensivos molinos de viento con descomunales gigantes; eso sería locura; pero tampoco tomemos a los gigantes del mal social como a inocentes molinos de viento, porque eso es inexcusable estupidez.

Copia realizada por el ICEPAL (Instituto de Capacitación Económica para América Latina). Se autoriza su reproducción y divulgación citando las fuentes.
ice_argentina@speedy.com.ar
www.icepal.com

¿Cómo pudieron equivocarse tanto los economistas?

Posted by admin on enero 18th, 2010


Las predicciones económicas sólo valen para que la astrología parezca respetable. Ezra Solomon (1920-2002)

Un interesante aporte de Paul Krugman a la confusión general.

I. CONFUNDIENDO BELLEZA CON VERDAD

Es difícil creerlo ahora, pero no hace tanto tiempo los economistas se felicitaban mutuamente por el éxito de su especialidad. Estos éxitos -o al menos así lo creían ellos- eran tanto teóricos como prácticos y conducían a la profesión a su edad dorada.

En el aspecto teórico, creían que habían resuelto sus disputas internas. Así, en un trabajo titulado The State of Macro (es decir, de la macroeconomía, el estudio de cuestiones panorámicas como lo son las recesiones), Olivier Blanchard, del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), actualmente economista jefe del Fondo Monetario Internacional, declaraba que había habido “una amplia convergencia de puntos de vista”.

Y en el mundo real, los economistas creían que tenían las cosas bajo control: “El problema central de la prevención de la depresión está resuelto”, declaraba Robert Lucas, de la Universidad de Chicago, en su discurso inaugural como presidente de la American Economic Association en 2003. En 2004, Ben Bernanke, un antiguo profesor en Princeton que ahora preside la Reserva Federal, celebraba la Gran Moderación del comportamiento económico comparado con las dos décadas precedentes, y que atribuía en parte al mejorado desempeño de la política económica.

El año pasado, todo esto se vino abajo.

En el despertar de la crisis, las líneas de falla de la profesión de economista han bostezado con más amplitud que nunca. Lucas dice que los planes de estímulo de la Administración de Obama son “economía de baratija” y su colega de Chicago John Cochrane dice que están basados en desacreditados “cuentos de hadas”. Como respuesta, Brad DeLong, de la Universidad de California en Berkeley, escribe sobre el “derrumbe intelectual” de la Escuela de Chicago, y yo mismo he escrito que estos comentarios de los economistas de Chicago son el producto de una Edad Oscura de la macroeconomía, donde el conocimiento tan arduamente conseguido ha quedado olvidado.

¿Qué le ha sucedido a la profesión de economista? ¿Y adónde va a partir de ahora?

II. DE SMITH A KEYNES Y VUELTA ATRÁS

El nacimiento de la economía como disciplina se atribuye habitualmente a Adam Smith, quien publicó La Riqueza de las Naciones en 1776. Durante los siguientes 160 años se desarrolló un extenso cuerpo de economía teórica, cuyo mensaje central era: confía en el mercado. Ésta era la presunción básica de la economía neoclásica (llamada así al haber sido elaborada por los teóricos de finales del siglo XIX sobre conceptos de sus predecesores clásicos).

Esta fe, sin embargo, quedó hecha pedazos por la Gran Depresión. Con el tiempo, la mayoría de los economistas sustentó las consideraciones de John Maynard Keynes tanto acerca de la explicación de lo que había pasado como de la solución de futuras depresiones.

A pesar de lo que usted haya podido oír, Keynes no quería que el gobierno dirigiera la economía. En su obra capital, Teoría general del empleo, el interés y el dinero, escrita en 1936, él mismo describió su análisis como “moderadamente conservador en sus repercusiones”. Quería organizar el capitalismo, no reemplazarlo. Pero cuestionó la noción de que las economías de libre mercado puedan funcionar sin un vigilante. Y apeló a la activa intervención del gobierno -imprimiendo más moneda y, si fuera necesario, con un fuerte gasto en obras públicas- para combatir el desempleo durante las depresiones.

La historia de la economía a lo largo del último medio siglo es, en gran medida, la historia de una retirada del keynesianismo y de un retorno al neoclasicismo. El renacer neoclásico fue guiado inicialmente por Milton Friedman, de la Universidad de Chicago, quien afirmó ya en 1953 que la economía neoclásica sirve adecuadamente como descripción del modo en que la economía funciona realmente, al ser “extremadamente fructífera y merecedora de plena confianza”. Pero ¿qué hay de las depresiones?

El contraataque de Friedman contra Keynes comenzó con la doctrina conocida como monetarismo. Los monetaristas, en principio, no discrepaban de la idea de que una economía de mercado necesite una deliberada estabilización. Los monetaristas afirmaban, sin embargo, que una intervención gubernamental muy limitada y restringida -a saber, instruir a los bancos centrales a mantener el flujo del dinero, la suma del efectivo circulante y los depósitos bancarios creciendo a ritmo estable- es todo lo que se requería para prevenir depresiones.

Friedman empleó un argumento convincente contra cualquier esfuerzo deliberado del gobierno por reducir el desempleo por debajo de su nivel natural (actualmente calculado en torno al 4,8% en Estados Unidos): las políticas excesivamente expansionistas, predijo, llevarían a una combinación de inflación y alto desempleo; una predicción que fue confirmada por la estanflación de los años setenta, la cual impulsó en gran medida la credibilidad del movimiento antikeynesiano. A la postre, sin embargo, la posición de Friedman vino a resultar relativamente moderada comparada con la de sus sucesores.

Por su parte, ciertos macroeconomistas consideraban que las recesiones eran algo bueno que formaba parte del ajuste al cambio de una economía. E incluso quienes no eran partidarios de llegar tan lejos argüían que cualquier intento de enfrentarse a una depresión económica provocaría más mal que bien.

Muchos macroeconomistas llegaron a autoproclamarse como neokeynesianos, ya que seguían creyendo en el papel activo del gobierno. Aun así, la mayoría aceptaba la noción de que inversores y consumidores son racionales y que los mercados por lo general lo hacen bien.

Por supuesto que unos pocos economistas no aceptaban la asunción del comportamiento racional, cuestionaban la creencia de que los mercados financieros merecen confianza y hacían ver la larga historia de crisis financieras que tuvieron devastadoras consecuencias económicas. Pero eran incapaces de hacer muchos progresos frente a una complacencia que, vista retrospectivamente, era tan omnipresente como insensata.

III. FINANZAS DE CASINO

En los años treinta, los mercados financieros, por razones obvias, no suscitaron mucho respeto. Keynes consideró que era una mala idea la de dejar a semejantes mercados, en los que los especuladores pasaban su tiempo tratando de pisarse la cola el uno al otro, que dictaran decisiones importantes de negocios: “Cuando el desarrollo del capital de un país se convierte en un subproducto de las actividades de un casino, es muy probable que el trabajo resulte mal hecho”.

Hacia 1970 más o menos, sin embargo, la discusión sobre la irracionalidad del inversor, sobre las burbujas, sobre la especulación destructiva, había desaparecido virtualmente del discurso académico. El terreno estaba dominado por la hipótesis del mercado eficiente, promulgada por Eugene Fama, de la Universidad de Chicago, la cual sostiene que los mercados financieros valoran los activos en su preciso valor intrínseco si se da toda la información públicamente disponible.

Y por los años ochenta, hubo economistas financieros, en particular Michael Jensen, de la Harvard Business School, que defendían que, dado que los mercados financieros siempre aciertan con los precios, lo mejor que pueden hacer los jefes de las empresas, no sólo en su provecho sino en beneficio de la economía, es maximizar los precios de sus acciones. En otras palabras, los economistas financieros creían que debemos poner el desarrollo del capital de la nación en manos de lo que Keynes había llamado un “casino”.

El modelo teórico desplegado por los economistas financieros al asumir que cada inversor equilibra racionalmente riesgo y recompensa -el llamado Capital Asset Pricing Model, o CAPM (pronúnciese cap-em)- es maravillosamente elegante. Y si uno acepta sus premisas también es algo sumamente útil. Este CAPM no sólo te dice cómo debes elegir tu cartera de inversiones, sino, lo que es incluso más importante desde el punto de vista de la industria financiera, te dice cómo poner precio a los derivados financieros. La elegancia y aparente utilidad de la nueva teoría produjo una sucesión de premios Nobel para sus creadores, y muchos profesores de escuelas de negocios se convirtieron en ingenieros espaciales de Wall Street, ganando salarios de Wall Street.

Para ser justos, los teóricos de las finanzas produjeron gran cantidad de pruebas estadísticas, lo que en un principio pareció de gran ayuda. Pero esta documentación era de un formato extrañamente limitado. Los economistas financieros rara vez hacían la pregunta aparentemente obvia (aunque no de fácil contestación) de si los precios de los activos tenían sentido habida cuenta de fundamentos del mundo real, tales como los ingresos. En lugar de ello, sólo preguntaban si los precios de los activos tenían sentido habida cuenta de los precios de otros activos.

Pero los teóricos de las finanzas continuaron creyendo que sus modelos eran esencialmente correctos, y así lo hizo también mucha gente que tomaba decisiones en el mundo real. No fue el menos importante de ellos Alan Greenspan, quien era entonces el presidente de la Reserva Federal y que durante mucho tiempo respaldó la desregulación fiscal, cuyo rechazo a los avisos de poner freno a los créditos subprime o de enfrentarse a la creciente burbuja inmobiliaria descansaban en buena parte en la creencia de que la economía financiera moderna lo tenía todo bajo control.

En octubre del pasado año, sin embargo, Greenspan admitió encontrarse en un estado de “conmocionada incredulidad”, debido a que “todo el edificio intelectual” se había “derrumbado”.

IV. NADIE PODÍA HABERLO PREDICHO…

En los recientes y atribulados debates sobre economía se ha generalizado una frase clave: “Nadie podía haberlo predicho…”. Es lo que uno dice con relación a desastres que podían haber sido predichos, debieran haber sido predichos y que realmente fueron predichos por unos pocos economistas que fueron tomados a broma por tomarse tal molestia.

Tomemos, por ejemplo, el precipitado auge y caída de los precios de la vivienda. Algunos economistas, en particular Robert Shiller, identificaron la burbuja y avisaron de sus dolorosas consecuencias si llegaba a reventar. Pero, aún en 2004, Alan Greenspan descartó hablar de burbuja inmobiliaria: “Una grave distorsión nacional de precios”, declaró, era “muy improbable”. El incremento en el precio de la vivienda, dijo Ben Bernanke en 2005, “en gran medida es el reflejo de unos fuertes fundamentos económicos”.

¿Cómo no se dieron cuenta de la burbuja? Para ser justo, los tipos de interés eran inusualmente bajos, lo que posiblemente explica parte del alza de precios. Puede ser que Greenspan y Bernanke también quisieran celebrar el éxito de la Reserva Federal en sacar a la economía de la recesión de 2001; conceder que buena parte de tal éxito se basara en la creación de una monstruosa burbuja debiera haber puesto algo de sordina a esos festejos.

Pero había algo que estaba sucediendo: una creencia general de que las burbujas sencillamente no tienen lugar. Lo que llama la atención, cuando uno vuelve a leer las garantías de Greenspan, es que no estaban basadas en la evidencia, sino que estaban basadas en el aserto apriorístico de que simplemente no puede haber una burbuja en el sector inmobiliario.

Y los teóricos de las finanzas eran todavía más inflexibles en este punto. En una entrevista realizada en 2007, Eugene Fama, padre de la hipótesis del mercado eficiente, declaró que “la palabra burbuja me saca de quicio” y continuó explicando por qué podemos fiarnos del mercado inmobiliario: “Los mercados inmobiliarios son menos líquidos, pero la gente es muy cuidadosa cuando compra casas. Se trata normalmente de la mayor inversión que van a hacer, de manera que estudian el asunto con cuidado y comparan precios”.

De hecho, los compradores de casas comparan concienzudamente el precio de su compra potencial con los precios de otras casas. Pero eso no dice nada sobre si el precio en general de las casas está justificado.

En pocas palabras, la fe en los mercados financieros eficientes cegó a muchos, si no a la mayoría, de los economistas ante la aparición de la mayor burbuja financiera de la historia. Y la teoría del mercado eficiente también desempeñó un significante papel en inflar esa burbuja hasta ese primer puesto.

Ahora que ha quedado al descubierto la verdadera peligrosidad de los activos supuestamente seguros, las familias de Estados Unidos han visto evaporarse su dinero por valor de 13 billones de dólares. Se han perdido más de 6 millones de puestos de trabajo y el índice de desempleo alcanza su más alto nivel desde 1940. Así que ¿qué orientación tiene que ofrecer la economía moderna ante el presente aprieto? ¿Y deberíamos fiarnos de ella?

V. LA PELEA POR EL ESTÍMULO

Durante una recesión normal, la Reserva Federal responde comprando Letras del Tesoro -deuda pública a corto plazo- de los bancos. Esto hace bajar los tipos de interés de la deuda pública; los inversores, al buscar un tipo de rendimiento más alto, se mueven hacia otros activos, haciendo que bajen también otros tipos de interés; y normalmente esos bajos tipos de interés finalmente conducen a la recuperación económica. La Reserva Federal abordó la recesión que comenzó en 1990 bajando los tipos de interés a corto plazo del 9% al 3%. Abordó la recesión que comenzó en 2001 bajando los tipos de interés del 6,5% al 1%. E intentó abordar la actual recesión bajando los tipos de interés del 5,25% al 0%.

Pero resultó que el cero no es lo suficientemente bajo como para acabar con esta recesión. Y la Reserva Federal no puede poner los tipos a menos de cero, ya que con tipos próximos al cero los inversores sencillamente prefieren acaparar efectivo en lugar de prestarlo. De tal modo que a finales de 2008, con los tipos de interés básicamente en lo que los macroeconomistas llaman zero lower bound, o límite inferior cero, como quiera que la recesión continuaba ahondándose, la política monetaria convencional había perdido toda su fuerza de tracción.

¿Y ahora qué? Ésta es la segunda vez que Estados Unidos se ha tenido que enfrentar al límite inferior cero, habiendo sido la Gran Depresión la ocasión precedente. Y fue precisamente la observación de que hay un límite inferior a los tipos de interés lo que llevó a Keynes a abogar por un mayor gasto público: cuando la política monetaria es infructuosa y el sector privado no puede ser persuadido para que gaste más, el sector público tiene que ocupar su lugar en el sostenimiento de la economía. El estímulo fiscal es la respuesta keynesiana al tipo de situación económica depresiva en la que estamos inmersos.

Tal pensamiento keynesiano subyace en las políticas económicas de la Administración de Obama. John Cochrane, de la Universidad de Chicago, indignado ante la idea de que el gasto gubernamental pudiera mitigar la última recesión, declaró: “Eso no forma parte de lo que todos hemos enseñado a los estudiantes graduados desde los años sesenta. Ésas (las ideas keynesianas) son cuentos de hadas que han demostrado ser falsas. Es muy reconfortante en los momentos de tensión volver a los cuentos de hadas que escuchamos de niños, pero eso no los hace menos falsos”.

Pero como ha señalado Brad DeLong, la actual postura académica viene también siendo de generalizado rechazo a las ideas de Milton Friedman. Friedman creía que la política de la Reserva Federal, más que para cambios en el gasto público, debía ser utilizada para estabilizar la economía, pero nunca afirmó que un aumento del gasto público no puede, en cualesquiera circunstancias, aumentar el empleo. De hecho, al volver a leer el sumario de las ideas de Friedman de 1970, Un marco teórico del análisis monetario, lo que llama la atención es lo keynesiano que parece.

Y ciertamente Friedman nunca se creyó la idea de que el paro masivo represente una voluntaria reducción del esfuerzo de trabajo o la idea de que las recesiones en realidad sean buenas para la economía. Sin embargo, Casey Mulligan, también de Chicago, sugiere que el desempleo es tan elevado porque muchos trabajadores están optando por no aceptar trabajos.

Ha sugerido, en particular, que los trabajadores están prefiriendo seguir desempleados porque ello mejora sus probabilidades de recibir ayudas a sus deudas hipotecarias. Y Cochrane declara que el alto desempleo en realidad es bueno: “Debiéramos tener una recesión. La gente que pasa su vida machacando clavos en Nevada necesita algo distinto que hacer”.

Personalmente, pienso que eso es una locura. ¿Por qué debería el desempleo masivo en todo el país hacer que los carpinteros se fueran de Nevada? ¿Puede alguien alegar seriamente que hemos perdido 6,7 millones de puestos de trabajo porque hay pocos estadounidenses que quieran trabajar? Claro que si empiezas por asumir que la gente es perfectamente racional y los mercados perfectamente eficientes, tienes que llegar a la conclusión de que el desempleo es voluntario y la recesión es deseable.

VI. DEFECTOS Y FRICCIONES

La economía, como disciplina, se ha visto en dificultades debido a que los economistas fueron seducidos por la visión de un sistema de mercado perfecto y sin fricciones. Si la profesión ha de redimirse a sí misma tendrá que reconciliarse con una visión menos seductora, la de una economía de mercado que tiene unas cuantas virtudes pero que está también saturada de defectos y de fricciones.

Existe ya un modelo bastante bien desarrollado del tipo de economía que tengo en mente: la escuela de pensamiento conocida como finanzas conductuales. Quienes practican este planteamiento ponen el énfasis en dos cosas. Primero, en el mundo real hay muchos inversores que tienen un escaso parecido con los fríos calculadores de la teoría del mercado eficiente: casi todos están demasiado sometidos al comportamiento de la manada, a ataques de entusiasmo irracional y de pánicos injustificados. Segundo, incluso aquellos que tratan de basar sus decisiones en el frío cálculo se encuentran con que a menudo no pueden, que los problemas de confianza, de credibilidad y de garantías limitadas les fuerzan a ir con la manada.

Entretanto ¿qué ocurre con la macroeconomía? Los acontecimientos recientes han refutado de manera decisiva la idea de que las recesiones son una óptima respuesta a las fluctuaciones en los índices del progreso tecnológico; un punto de vista más o menos keynesiano es la única alternativa plausible. Pero los modelos del neokeynesianismo estándar no dejan espacio para una crisis como la que estamos padeciendo, ya que esos modelos generalmente aceptaron el punto de vista del sector financiero sobre el mercado eficiente.

Una línea de trabajo, encabezada por nada menos que Ben Bernanke en colaboración con Marc Gertler, de la Universidad de Nueva York, ha puesto el acento en el modo en el que la carencia de garantías suficientes puede dificultar la capacidad de los negocios para recabar fondos y forjar oportunidades de inversión. Una línea de trabajo similar, en gran parte establecida por mi colega de Princeton Nobuhiro Kiyotaki y por John Moore, de la London School of Economics, sostenía que los precios de activos tales como las propiedades inmobiliarias pueden sufrir desplomes de los que salen fortalecidos pero que, a cambio, deprimen a la economía en su conjunto. Pero hasta ahora el impacto de las finanzas disfuncionales no ha llegado ni siquiera al núcleo de la economía keynesiana. Claramente, eso tiene que cambiar.

VII. RECUPERANDO A KEYNES

Así que esto es lo que pienso que tienen que hacer los economistas. Primero, tienen que enfrentarse a la incómoda realidad de que los mercados financieros distan mucho de la perfección, de que están sometidos a falsas ilusiones extraordinarias y a las locuras de mucha gente. Segundo, tienen que admitir que la economía keynesiana sigue siendo el mejor armazón que tenemos para dar sentido a las recesiones y las depresiones. Tercero, tienen que hacer todo lo posible para incorporar las realidades de las finanzas a la macroeconomía.

Al replantearse sus propios fundamentos, la imagen que emerge ante la profesión puede que no sea tan clara; seguramente no será nítida, pero podemos esperar que tenga al menos la virtud de ser parcialmente acertada.

Paul Krugman es profesor de Economía en la Universidad de Princeton y premio Nobel de Economía 2008. © 2009 New York Times Service. Traducción de Juan Ramón Azaola.

Los errores del Neoliberalismo. Parte 4 Antitesis del Liberalismo.

Posted by admin on enero 18th, 2010


LIBERALISMO Y NEOLIBERALISMO, CONCEPCIONES CONTRARIAS
Raul Girbau, economista
Me parece que se puede contribuir a un mejor entendimiento entre los participantes de este blog si se definen de manera más precisa, las doctrinas “liberal” y “neoliberal”. No se trata de una cuestión semántica sino conceptual.
Rasgo primordial del “liberalismo económico”
Una doctrina, una teoría o una política de gobierno pertenecen a la familia “liberal” en la medida que consideren que en las primeras etapas de la evolución del hombre, la producción de Riqueza fue el resultado de aplicar energía humana (Trabajo) a la naturaleza dada al hombre (Tierra). Esta Riqueza es el stock de “cosas producidas” por los hombres” en forma cooperativa. En principio no existe riqueza alguna que no sea fruto del trabajo aplicado a la naturaleza. Ergo la Riqueza definida como “lo producido” no es trabajo ni tierra. Éstos son los primarios “factores de la producción”. La Riqueza producida puede ser consumida por completo. Si así se procede la carga de producirla cada dia, cada mes, cada año, es perpetua. Tal comunidad apenas sobrepasaría la condición de los animales de presa.
Pero dada la evolución/anímico espiritual del ser humano, en un momento de ella, tal estado fue superado. Nació como idea que no era conveniente consumir todo lo producido. Que resultaba beneficioso ahorrar parte de lo producido para aplicarla, oportunamente, a la producción de más riqueza. De esta manera de modo conciente o intuitivo el hombre dio nacimiento a un nuevo factor de producción , algo antes inexistente en el mundo: el Capital. El mayor auxilio con que pueden contar los trabajadores en la faena de producir.
El “liberalismo” como teoría (y doctrina) económica se distinguió por hacer patente que la Riqueza de una sociedad avanzada depende de la conjunción de 3 factores: Trabajo, Tierra y Capital. De Manera correlativa, considera que por razones de justicia, y mas frecuentemente para asegurar mayor y mejor producción, es conveniente que la Riqueza sea distribuida en 3 partes: el Salario para los trabajadores (incluyendo empresarios) , el Interés para los inversores de Capital (ahorristas) y la tercera, llamada Renta. Esta por tradición y derecho antiguo era para los propietarios de la tierra. Este última realidad fue y es un punto crítico. En el han naufragado la mayoría de los pensadores liberales y con ello se ha desacreditado al liberalismo económico.
El escollo de la “propiedad de la tierra” se les presentó a los economistas como el reto de la Esfinge. Las equivocadas respuestas dadas precipitaron la caída de los “liberalismo”, luego de su rutilante propagación durante el Siglo XIX. Incluso la de los anti-liberales que buscaron la solución en la “colectivización” de la tierra. La falta de una solución a aquel enigma, clara y por todos compartida, fue fatal para el liberalismo. Ante la ineludible cuestión de los “recursos para el gasto público”, que se presenta en toda comunidad que desee contar con un gobierno, la mayoría de los liberales se resignaron a la antigua receta del autoritarismo pre-liberal: que los gobiernos se apropiaran de los frutos de la actividad económica mediante los llamados “impuestos”. Las principales víctimas fueron, sin duda, los que vivían de su trabajo. La miseria en lugar de ser eliminada con el invento, la máquina y el avance científico y tecnológico, creció en la masa de la población. Algunos millones de trabajadores consiguieron, a partir del siglo XVII, rehacer sus vidas emigrando desde sus viejos países a America, tierra recién descubierta. Emigraban a un “nuevo mundo”, uno en el que la tierra era abundante y barata. A la cabeza, los EEUU y la Argentina. No es de extrañar que los trabajadores sin posibilidad de emigrar soñaran con apropiarse del Estado para rehacer, con el poder en la mano, el orden social enfermo. El “fantasma del comunismo” comenzó a sobrevolar toda Europa (C.Marx).
Solo unos pocos entre los liberales supieron señalar rumbos hacia las respuestas correctas con el fin de reconstituir la sociedad inspirándose en los ideales de libertad, igualdad y fraternidad. Entre los norteamericanos se destacó Henry George (1839-1879). Sus teorías y doctrina se propagaron por el mundo entero durante las últimas décadas del siglo XIX. Entre nosotros se lo registra en proyectos como los del presidente Roque Sáenz Peña, del diputado nacional Carlos A. Rodríguez, del maestro Arturo Orgaz, del poeta Arturo Capdevila, entre otros. No es difícil descubrir (por su raíz fisiocrática) que la doctrina de George era la concreción del ideario de Mayo ( Andrés Lamas, La legislación agraria de Bernardino Rivadavia, Buenos Aires, 1915)
Pero el clima político en el mundo se enrareció por completo a fines de ese siglo, para oscurecerse de manera insospechable con la guerra 1914-1918 . Esta guerra abrió las puertas a las concepciones colectivistas y totalitarias. Quizá por influencia de la movilización en los países en la “guerra total” o por ideas místicas ya registradas en la Revolución Francesa, las doctrinas y teorías económicas liberales fueron abandonadas. Los pueblos, en distinto grado, fueron ganados por la idea que el Estado debía asumir la dirección central la economía; o al menos intervenir fuertemente en ella. El liberalismo quedó sepultado bajo los escombros de la gran conflagración. De modo muy fuerte en el periodo posterior a la primera guerra. Acabada la segunda (1939/45) el mundo paso a ser gobernado por principios colectivistas, estatistas e intervencionistas en la actividad económica de los particulares.

Rasgo primordial del neo-liberalismo
A finales del Siglo XIX comenzaron a surgir escuelas llamadas “neoclásicas” o “neoliberales” Ellas comenzaron a emerger como una manera de atajar al avasallante liberalismo. Quizá nunca hubieran tenido significación; pero con el desmoronamiento mundial ocurrido en el siglo XX, y el debilitamiento del ideal y la doctrina liberal, ante un florecimiento de doctrinas colectivistas y estatizantes, el neoliberalismo cobro fuerte impulso como supuesta alternativa al colectivismo. Se hizo efectivo en instituciones académicas y organismos internacionales de crédito durante el proceso de reconstrucción posterior a la 2ª. Guerra mundial.
Equivoca el camino quien cree que el neoliberalismo es un “liberalismo renovado”. No hay tal cosa. Se lo aprecia en el modo de formular en algoritmo el proceso económico. La “escuela neoliberal” abandona la palabra Riqueza usada por los fundadores de la ciencia económica para aludir al producto anual de una sociedad con otro término. Es sustituida por “Producción”. Este parece un insignificante cambio de nombre. Pero es un cambio que sirve para orientar hacia su separación del liberalismo. El neoliberal habla de Producción como si tratara de algo distinto a lo que mencionaban los clásicos con el término Riqueza. Con los neoliberales la teoría económica sufre un fuerte cambio. Mientras la Riqueza, sea lo que esta fuere, era para el liberal (e incluso para los anti-liberales) el resultado de 3 factores, la ahora llamada Producción de los neoliberales resulta de solo 2: Trabajo y Capital. La “cuestión de la tierra” desaparece de esta teoría económica. Es posible que se la cite en algún capitulo de los libros de texto. Pero no forma parte del núcleo de la exposición teórica global. Ni entra en consideración al formular las “políticas económicas” para ordenar la sociedad como un todo.
Que se haya sostenido y prosperado esta errónea posición sin temor a llamar la atención por ser un disparate (pues hasta el menos avisado de los mortales sabe que nada de lo que se come, viste o usa, puede ser creado sin tierra), es un fenómeno muy curioso. Pero de hecho para los neoliberales su formula no es ningún disparate. Y esto puede haber ayudado a explicar su aceptación por la gente en general. Si se acusa al neoliberal de cometer un disparate, lo negará. Y, desde su punto de vista, con razón. Pues para él la Tierra es Capital. En consecuencia no hay razón alguna para acusarlo de haberla omitido como factor de producción. La tierra esta incluida en el concepto Capital. Naturalmente así el concepto se vuelve ambiguo. Toda cosa que sirva a la producción: máquinas, dinero, patentes, aptitud técnica, salud, etc., y por supuesto, la tierra, es considerado, según la ocasión y el fin, Capital.

El factor escamoteado
Esta conceptualización es arte de birlibirloque. La tierra, base de la vida y punto crucial de la actividad económica desaparece de escena. y La ciencia de la economía deja de ser tal. Nadie protesta por ello. Basta leer los periódicos comunes y especializados, los rubros sobre los que se elaboran estadísticas, para ver como el concepto tierra no tiene relevancia alguna. No aparece como principal factor económico de producción. Tal concepción tiene que tener efecto (y lo tiene) a la hora de presentar la fórmula de la distribución de lo producido. El Producto ahora se ha de distribuir entre aquellos 2 factores: Salario para los trabajadores e Interés para los capitalistas. Como la tierra no figura en la teoría, tampoco cabe hablar de su aporte y el destino de lo que le corresponde en concepto de retribución. El mayor valor de la tierra libre de mejoras (su renta) es apropiada por los particulares con arreglo a un derecho de antigua prosapia: el derecho romano.

El neoliberalismo foco de desorden social
Con tales formulas “amputadas” de la Producción y la Distribución se impulsa al imaginario social en una dirección precisa: considerar intelectual y emotivamente a las relaciones económicas entre trabajadores e inversores de capital como inevitablemente conflictivas. Como en los procesos de producción y distribución solo entran “capitalistas” y “trabajadores”, ellos han de disputar frente a frente lo producido, forcejeando ambos por la misma manta. Su nueva tarea es ver como consiguen acumular más fuerza para el combate. Sindicatos de asalariados, junto con corporaciones empresarias, por un lado, y monopolios y oligopolios empresarios por el otro, son naturales consecuencias.
La cuestión se agrava porque el Estado (ahora en papel de gran mediador y suministrador de bálsamos a los heridos en la lucha) debe ser sostenido y alimentado con crecientes “impuestos”. Cosa que – por la nueva situación – todos se apresuran a aprobar porque pese a las apariencias desean y cuentan con un “Estado fuerte” a su favor. , aunque no a cumplir en lo que a cada uno corresponde. Todos estos pólipos gangrenosos de de la vida social aparecen como recursos para los dos únicos actores: capitalistas y trabajadores. Pero el mayor ganancioso es el Estado espectador-activo, pues de la espiral de enfrentamientos sociales obtiene más poder.
No se necesita ser demasiado perspicaz para calcular que a la luz de tal concepción cada uno de los bandos, capitalistas y trabajadores, tratarán de obtener del Estado “leyes jurídicas” a la “carta” sin importarles cuanto se respetan los principios del Derecho. Leyes coactivas que les aseguren en la constante pugna y a costa de la sociedad la mayor porción posible. El privilegio, el monopolio, el oligopolio y la evasión son los instrumentos más apetecidos. El derecho positivo es, inevitablemente, cada vez mas, reflejo de intereses en lucha y del desorden general causado. Cada vez menos es un principio de orden para constituir una sociedad de hombres libres, en pie de igualdad ante la ley, habilitados para cooperar en creciente fraternidad.
¿Y la tierra, ese factor que para los fundadores de la ciencia económica era la clave que mantenía en arco armonioso las relaciones entre el capital y el trabajo? Pues nada; que duerme en paz. Ajeno a las lides políticas y sociales. Lista para ser objeto de la más codiciosa especulación y capaz de servir de base para amasar las más grandes fortunas privadas.
La doctrina neoliberal oculta este principal problema de la economía social y estatal y con ello impide hallarle solución. El camino abierto hace 200 años por el pensamiento liberal ha sido cerrado por los hechos descriptos. Pero sellado herméticamente por la doctrina neoliberal. Esta es la diferencia entre ambas concepciones.
Buenos Aires, noviembre 5 de 2009


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