Cada vez que se debate sobre las causas de la inflación, desde el sector empresario se recurre a una explicación según la cual su principal componente estaría dado por el aumento de los salarios. El argumento indica que cuando existe un incremento generalizado de los costos de producción, las empresas lo trasladan a sus precios. Los salarios aparecen como el costo más generalizado y, por lo tanto, se los señala como los responsables principales de los aumentos de precios. Desde esta postura, se afirma que los incrementos de salarios nominales “desmedidos” no logran traducirse en aumentos de salarios reales, ya que inevitablemente provocan inflación. Se insta, por lo tanto, a moderar los reclamos salariales.
Más allá de la discusión de los fundamentos de esta explicación, la evidencia empírica no permite de ningún modo sostenerla. Considerando la evolución de las remuneraciones desde la devaluación de 2002 se aprecia que las tasas salariales apenas lograron superar el incremento de los precios, al tiempo que la economía se expandió a tasas elevadas y, al mismo tiempo, ocurrieron importantes incrementos en la productividad. En efecto, en el último trimestre del año pasado las remuneraciones reales del conjunto de los asalariados eran sólo 1,4 por ciento más elevadas que las registradas en idéntico período de 2001.
Por lo tanto, puede afirmarse que el ciclo de crecimiento verificado desde la convertibilidad no se tradujo en un sensible incremento en las remuneraciones de los asalariados, pero sí de las ganancias empresarias. Al evaluar el nivel de utilidades sobre ventas de las 200 mayores empresas de nuestro país se observa que las mismas más que duplicaban en 2008 los valores verificados en el promedio del régimen de convertibilidad.
El origen de estos extraordinarios niveles de rentabilidad se encuentra en la devaluación de 2002, la cual supuso una brutal transferencia de ingresos desde el trabajo hacia el capital ante la sensible contracción que experimentaron las remuneraciones reales. Además, los elevados niveles de desocupación existentes a comienzos de la posconvertibilidad impidieron una rápida recuperación de los salarios reales, los cuales comenzaron a elevarse muy paulatinamente.
A inicios de 2005 el salario promedio todavía estaba en un nivel 20 por ciento inferior al de fines de 2001, y recién a inicios de 2007 alcanzó el valor que tenía al final del régimen de convertibilidad. Desde entonces, no se produjeron nuevos aumentos significativos en términos reales. Si bien en los últimos años se verificaron sensibles aumentos nominales de salarios, éstos obedecieron a un comportamiento defensivo, mediante el cual los trabajadores buscaron evitar que los incrementos de precios erosionaran la capacidad adquisitiva de sus salarios.
Si se considera sólo a los asalariados registrados se observa que la situación resultó apenas más favorable que la verificada para el conjunto de la población. Sus salarios comenzaron a recuperarse más rápidamente, impulsados por los incrementos dispuestos por decretos del Poder Ejecutivo, la elevación de los salarios mínimos y, desde 2004, las negociaciones colectivas. Así, a fines de 2005 el salario promedio equivalía al vigente a fines del régimen de convertibilidad. Desde entonces continuó incrementándose levemente.
El nivel relativamente bajo de los salarios y sus acotados incrementos en términos reales implican que no pueda verse a los mismos como los causantes de la inflación. Este argumento se refuerza más aún si se analiza cómo han evolucionado la producción y la productividad a lo largo de este ciclo de crecimiento económico y de la ocupación, que se inició en 2003. Frente a estos acotados incrementos en materia salarial, se verificaron extraordinarias tasas de expansión económica. Entre el último trimestre de 2001 y el primer trimestre de 2010, el PIB se ha incrementado en un 65,3 por ciento.
Si bien el aumento del PIB implicó una fuerte creación de puestos de trabajo, este proceso fue acompañado por incrementos significativos de la productividad laboral. Por ejemplo, en la industria manufacturera el costo salarial real en 2009 resultó 12,7 por ciento superior al valor que tenía en 2001. Sin embargo, la productividad por ocupado creció mucho más, 36,3 por ciento. De este modo, el costo salarial por unidad producida tuvo, no un aumento, sino una caída equivalente al 17,3 por ciento.
El incremento en la producción por ocupado ocurrido desde entonces implicó que en 2009 el costo salarial por unidad producida resultara 37,3 por ciento inferior al existente en 1993. Sin lugar a dudas, la contracara de esta reducción del costo laboral fue el sensible incremento que verificó la tasa de ganancia del sector empresario.
No son los trabajadores los que provocan la inflación al demandar mejoras salariales. Por el contrario, los empresarios, que han tenido durante la posconvertibilidad ganancias muy elevadas remarcan sus precios en tanto las condiciones económicas lo permitan, buscando incrementar aún más dichas ganancias.fuente: página12